“Thanksgiving en Madrid”; por Boris Izaguirre

Es impresionante como en todos los medios de comunicación españoles se promociona el Black Friday. De hecho, los célebres almacenes españoles, El Corte Inglés, llevan más de un mes promocionando el que vendría a ser a lo sumo su cuarto Black Friday. Y la gente responde, quizás una señal más de que la economía española ha conseguido mejorar e intentar situarse a los niveles que tenía antes de la debacle del 2008. Para mí es también una demostración de la capacidad de penetración de la cultura estadounidense, capaz de exportar a Mickey Mouse y Halloween y la tradición del Thanksgiving a cualquier rincón del mundo y por encima de cualquier tradición o historia.

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Es admirable. Mis hermanos en Venezuela enviaron fotos de los suculentos pavos que consiguieron hornear dentro un país que esta en riesgo de default. Para ellos es una reivindicación de que se puede vivir en Venezuela como ellos quieren, con seguridad, estabilidad y sobre todo, comida. Engalanaron sus mesas, pusieron hasta dos pavos, regaron con buenos vinos y decoraron sus casas con todos esos detalles pelín cursis de las navidades pero que en las circunstancias del país adquirían características de valentía. Algunos de mis amigos les critico pero yo prefiero celebrárselos porque entiendo el mensaje: la dictadura no me va a quitar mis ganas de celebrar.

En Madrid, donde me pilló este año el Thanksgiving, acudí invitado a una recepción del ex embajador de los Estados Unidos, el señor Ostos y su pareja, el célebre decorador Michael Smith. Ambos se han enamorado de la capital española y decidieron agasajar a sus mejores amigos en la ciudad aprovechando la fecha. Una idea fantástica para una fiesta tan comprometida: hacerla con amigos y no con familia. Para muchos de los invitados fue un descubrimiento que se puede elegir entre comer la carne oscura o la blanca del ave. Incluso preguntaron si no generaba connotaciones de discriminación. El embajador fue tajante, si te gusta oscura, comes la oscura. Si quieres la blanca, pues la blanca. Yo maticé que intento siempre comer de las dos pero una dama a mi izquierda dijo que la blanca es más seca que la oscura.

Los embajadores tienen amistades muy elevadas, grandes damas de la sociedad hispanoamericana. Isabel Preysler, Carolina Herrera, Agatha Ruiz de la Prada, Cristina Iglesias, Ainhoa Grandes, Simoneta Gómez Acebo, todas agradecieron que los rellenos no fueran muy calóricos. Carolina Herrera tomó una porción tan delicada y fina como ella misma. “No te preocupes que voy a repetir”, me dijo cuando le comenté que tenía en su plato un 80% menos de lo que llevaba el mío. Y también comentó que el Key Lime Pie estaba espectacular. Alguien quiso saber por qué se llama de esa manera el Key Lime Pie y Carolina sugirió que podía ser de kiwi, lo que provocó las risas de media fiesta, incluyendo un atractivo joven australiano. “Puede que esté equivocada pero siempre hay ocasión para una buena risa”.

Preysler participó en todos los debates, incluso contando una historia fascinante. Cuando su anterior marido, Miguel Boyer, fue invitado a Venezuela, durante el gobierno de Jaime Lusinchi para implantar el IVA, el impuesto del valor añadido, que había convertido en un éxito para la economía española, le salió a recibir toda la plantilla de secretarias en el palacio presidencial. Todas le querían ver y lo comunicó a su flamante esposa. “Imagínate, Isabel, me han dicho que me ven en el Hola”, contó Preysler, riendo. Lógicamente, le veían en la revista más importante del mundo español porque la reina de sus portadas era ella.

Escrito por Boris Izaguirre para El Nuevo Herald



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