Primer ministro británico “Tengo un miedo terrible de decepcionar a las personas”

Se oye el pitido de la BlackBerry de uno de los colaboradores, que se la pasa al primer ministro: a las 10 se va publicar un informe sobre seguridad e inteligencia y pueden preguntarle por el tema. David Cameron pide un resumen rápido. «Lo firmé hace mucho tiempo, necesito recordar los detalles». Suena su teléfono: es Craig Oliver, director de comunicaciones de Downing Street, que quiere saber su reacción a las palabras de Nigel Farage, que ha pedido la abolición de la Ley de Relaciones Raciales. Cameron es fulminante. Parece verdaderamente consternado. Farage, dice, solo está desesperado por llamar la atención. Fin de la llamada, vuelve a sus papeles.

David Cameron es un primer ministro con un problema. No ganó las últimas elecciones y tampoco va camino de ganar las próximas. Se presenta a la reelección con un programa político basado en el«elíjanme a mí, no al otro» y, a pesar de llevar cinco años en el poder y una década en primera línea política, el país no está seguro de quién es. ¿De verdad es un conservador compasivo, pero la crisis económica dio al traste con su agenda más amable y justa, o es un ricachón thatcheriano con un corazón de piedra, que en su fuero interno se alegra de que ahora todo ese rollo de la solidaridad y la empatía no sea necesario? ¿Se pasa el día viendo películas y series mientras Gran Bretaña se desmorona, o es un primer ministro trabajador y competente?

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«Espero que la gente vea que… que soy una persona razonable. Que estamos defendiendo cosas razonables. Creo que la razonabilidad está muy infravalorada en la política. Por supuesto, la gente hace críticas legítimas, pero me gustaría que dijeran: “ a fin de cuentas, ha intentado adoptar un planteamiento razonable”».

El flautista de Hamelín

Mis 24 horas siguiendo al primer ministro empiezan en la estación de Euston. Ahora está viajando por el país tres días por semana, persiguiendo votos y haciendo promesas. Nos dirigimos a West Midlands, una de las tres regiones en las que se centran los tories de cara a los comicios de mayo, pues allí cuentan con varias mayorías pequeñas.

Dos horas después entramos a paso ligero en el National Exhibition Centre, cerca de Birmingham, donde 2.000 colegiales están haciendo experimentos científicos. Una veintena grita de emoción cuando Cameron, acompañado de un ejército de cámaras de televisión, se arrodilla para unirse a su mesa. La multitud de adolescentes chillones se arremolina a nuestro alrededor, teléfono en mano. Varios le piden -y logran- hacerse un selfie con él. Mientras pasamos de una demostración a otra, acompañar a Cameron empieza a ser como seguir al flautista de Hamelín, pero con histeria añadida.

Después de varias entrevistas de radio nos dirigimos a toda prisa a un hotel de Birmingham. Cameron tiene 90 minutos para leer los documentos e informes de su caja roja antes de aparecer en directo en las noticias regionales. Su prioridad es salir a correr cinco kilómetros. Me dice que así es como se relaja. Así y quedándose dormido en el sofá al final del día, después de 30 minutos de telebasura.

El fotógrafo y yo salimos para hacerle una foto mientras cruza el puente sobre el canal. «Este no es un deporte para espectadores», protesta, sin reducir la marcha. Pero no tiene de qué preocuparse: está mucho más en forma y delgado que en Navidades; la panza ha desaparecido. Le acompañan sus guardaespaldas. Cuando se convirtió en primer ministro, algunos de los agentes no podían seguirle el ritmo; ahora es un requisito indispensable que todos los que le rodean sean corredores.

Cuando está en Downing Street, su equipo deja huecos diminutos en su agenda para que pueda estar a solas. Si no tiene un almuerzo oficial, sube 20 minutos a su apartamento, donde pasa cinco minutos preparándose una sopa o un pan tostado con sardinas y 15 con el papeleo. Cuando conoció a Barack Obama, estando aún en la oposición, el presidente estadounidense le dijo que incluyera en su agenda unos minutos para reflexionar. Esto es lo máximo que ha logrado.

Esta tarde, Cameron está sentado, sin que nadie le moleste, en la amplia sala de estar de su suite en la vigésimosexta planta. Aún va en pantalones cortos, y estudia sin cesar sus papeles en un silencio absoluto, escribiendo tres o cuatro frases meditadas en la parte superior.

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Uno de sus antiguos colaboradores señala que Cameron se enorgullece de ser una persona capaz de resolver problemas. La mejor forma de llamar su atención es presentarle algo que los demás no puedan solucionar.

Cuando se lo comento, más tarde, Cameron titubea. «Bueno, no sé… A menudo analizo un problema y pienso, “Dios, para este no sé la respuesta”». Muy a menudo, explica, «buscas la opción menos mala. A veces algo ya ha ido mal antes de llegar a ti, como un programa del Gobierno que está gastando más de lo previsto y no funciona. ¿Qué haces? ¿Eliminarlo y volver a empezar? ¿Reformarlo y hacerlo mejor? ¿Cambiar la gestión? No sabes qué va a funcionar, pero tienes que tomar una decisión».

Su instinto le dice que trabaje rápido. «Si te demoras con cada cosa, nadie sabe lo que piensa el jefe, nadie sabe cuál es el rumbo, no puede hacerse nada». Pero otro infiltrado en Downing Street me cuenta que puede llegar a pasarse de rápido. «A veces toma decisiones muy a la ligera y tenemos que decirle, “No, señor primer ministro, la verdad es que debe centrarse más en esto”».

Cameron afirma que procura no mortificarse con los errores o los remordimientos, pero algunos lo carcomen. Los dos que nombra forman una pareja sorprendente: el desfase en la capacidad de los portaaviones británicos y la calidad de los cuidados ofrecidos a los ancianos con demencia. «Le das muchas vueltas, pero al final se vuelve al tema de las decisiones: todo el sistema se desmorona si no te pones manos a la obra».

Al anochecer marchamos en falange, a lo largo de los canales, rumbo a los estudios de televisión. Sin las cámaras detrás casi nadie se percata de que el primer ministro pasa por su lado. Muy a menudo resulta invisible a simple vista. Me dice que la fama debe de haberle cambiado, pero que le resulta difícil explicar cómo. «Sospecho que se parece un poco a hervir una rana: es algo que sucede muy lentamente».

Cameron está bien preparado cuando llegamos al estudio de televisión, pero el presentador lo pilla por sorpresa en directo cuando, al final de la entrevista, le pregunta por la tumultuosa sesión de control de esa mañana. Lo obligan a ver un vídeo en el que aparece denunciando a Ed Miliband por plantearse un pacto con el Partido Nacionalista Escocés.

Luego me confiesa lo inquieto que estaba mientras miraba el vídeo. Nunca vuelve a ver las sesiones de control. «Pensé: era todo un griterío, era terrible. Por Dios, ¿de verdad tenemos que pasar por esto?». La sesión de control, explica, es la peor parte de la semana. Los miércoles por la mañana están dedicados a prepararse para afrontarla, pero llega un momento en el que nadie puede hacer nada más y se queda solo.

«Son los diez minutos de antes, cuando estás ahí sentado en tu despacho pensando: “Dios mío, ¿qué va a ser esta semana? ¿Qué me van a preguntar? Dios, es una pesadilla”». Luego se mentaliza para lo que se avecina. «Es una maldita encerrona, es como cuando los romanos iban al Coliseo. Es cristianos o leones, tú decides. No es la situación ideal. Pero si no expones tus argumentos con la suficiente vehemencia corres peligro. Puedes acabar como…», hace una pausa, «…pasto de los leones».

Contar una historia positiva

Cameron dice que este tipo de entrevistas eran mucho más duras durante los años en que la economía estaba encallada y las previsiones de crecimiento no llegaban. Los entrevistadores del norte, donde la recesión golpeó con más dureza, se mostraban particularmente incisivos. Cameron explica que las preguntas eran del tipo: «¿Cómo puede dormir sabiendo que hay gente en las calles pasando hambre?». Ahora tiene la sensación de poder contar una historia positiva. Me dice que solo la caída del precio del petróleo supone un ahorro de 20 libras para la mayoría de familias, más de lo que podría lograr cualquier rebaja de impuestos.

No pongo en duda que Cameron esté convencido de que hace lo que más conviene al país. Lo que me pregunto, mientras le escucho, es si de verdad es consciente del impacto tan duro que han tenido, y tendrán, sus recortes. Dice que su principal fuente de noticias es el resumen diario que prepara la sede central del Partido Conservador, que le ofrece la esencia de las noticias y columnas del día y tarda tres minutos en leer. Cada mañana, mientras se ducha, escucha un rato el programa «Today».

La Gran Bretaña de los bancos de alimentos, de los centros desolados de algunas ciudades, de los suicidios de las personas multadas por incumplir las condiciones de sus subsidios, y de los discapacitados que necesitan espacio adicional y se ven obligados a pagar el impuesto del dormitorio, es un país que parece no conocer. Cuando le pregunto por este último caso, Cameron cree, erróneamente, que ha protegido a la gente en esa situación; también pasa de puntillas sobre la pregunta de los suicidios. A lo mejor no tiene incentivos para buscar las pruebas del sufrimiento y la injusticia porque, una vez que ha decidido que la salvación de Reino Unido pasa por reducir el déficit, recortar impuestos y llegar al superávit, ya no tiene elección.

Son casi las siete de la tarde y volvemos a meternos a toda prisa en los coches para acompañar a Cameron mientras da un discurso en los primeros Premios Británicos a los Empresarios Bangladesíes. Es una cena de gala para 600 personas, pero el otro invitado de honor, el alto comisionado, lleva retraso y su equipo le está rogando a Downing Street que no empiecen sin él. Nos conducen a una sala de espera con tubos fluorescentes y suelo de linóleo.

El primer ministro se toma el retraso con buen humor y aprovecha para revisar su discurso, practicar la entonación, añadir alguna frase más punzante y hacerse otro selfie con un jefe de presa que se marcha. Todos tenemos hambre, y Cameron cuenta que después de su audiencia con la Reina, la noche anterior, volvió a casa para hacer unos filetes y verduras asadas mientras Sam hacía los deberes con los niños. Intenta pasar tiempo a solas con cada uno de sus hijos una vez cada dos semanas para poder superar el mantra de las respuestas «Nada», «No me acuerdo», «No lo sé» de los niños. Para alivio de todos, al fin lo invitan a entrar a la sala. Solo hace una hora que terminó su jornada de trabajo.

A Cameron se le critica mucho por su afabilidad y encanto propio de los relaciones públicas, pero tras verle en acción me sorprende cuánto se esfuerza para que todo lo que hace parezca sencillo. Siempre se muestra educado y nunca rechaza un autógrafo, un apretón de manos o un selfie. Entre reunión y reunión se concentra intensamente en aprender lo que debe saber antes de la siguiente: nombres, hechos, objetivos. El público abuchea a los políticos que cometen errores, pero no agradece su perfeccionismo.

Uno de sus aliados políticos más cercanos explica que la gente tiene la sensación de que a Cameron le falta algo. «Creo que es porque uno no conecta con la gente por sus éxitos, sino confesando sus vulnerabilidades. Es mejor dejar que se vea una pequeña grieta en la armadura. Débil, herido, a todos nos gusta una pequeña dosis de eso».

Es mediodía y hemos cogido un tren en Preston para volver a Londres. Cameron ha almorzado un paquete de palomitas sin grasa en la cafetería de la estación y está bebiendo agua. Hablamos de George Osborne, aunque no mencionamos la pérdida de peso, aún más drástica, del ministro de Hacienda. «Estoy orgulloso de nuestra relación. Es absolutamente esencial. Trabajamos como un equipo». Le pregunto si le tiene apego a Osborne y suelta una risotada. Cuando sigue hablando, la respuesta implícita es que no. «Somos muy buenos amigos, además de colegas de trabajo, y creo que cuando todo esto acabe seguiremos siéndolo. Yo le tengo mucho apego a mis amigos».

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Fiel a los amigos

Estoy intrigada. Cameron y Osborne han trabajado juntos con mayor armonía que cualquier otro primer ministro y ministro de Hacienda en toda una generación. Nunca se critican, nunca discuten en público. «Cuando discrepamos en algo, lo hacemos en privado. Hablamos a solas, sin nadie más en la sala». Cameron dice que se han gritado, «pero sin llegar a lanzarnos cosas». El vínculo entre ambos ha de ser fortísimo (hay matrimonios que duran toda una vida con una base menos sólida).

Muchos políticos basan sus vidas sociales en su ideología y su carrera. Las amistades están sometidas a la política, y en cualquier conflicto entre ambas, es la segunda la que tiene siempre prioridad. Para Cameron es al revés. Su círculo de amigos precede y sobrevivirá a su carrera política. Uno de sus amigos más íntimos de la infancia es el dibujante Giles Andreae, «y nunca he hablado de política con él en mi vida». Se enorgullece de llevar 20 años yendo de vacaciones con el mismo grupo. «En una de sus muchas facetas geniales, Sam se ha asegurado de que mantengamos el contacto con los viejos amigos, de que no nos inventemos de repente unos nuevos, famosos o políticos».

Cameron no tiene que ser serio con la gente a la que conoce bien. «Espero que digan de mí que soy optimista, divertido, que me gusta reírme, contar chistes». Con ellos le gusta hablar de «las bobadas más absolutas», y no hay jerarquía. «Ante cualquier atisbo de grandeza se cachondearían de mi en menos de lo que canta un gallo. Tengo un montón de amigos a los que les encanta pinchar el ego y desinflarme las ruedas, y lo hacen bastante rápido».

Le pregunto quién es su mejor amigo. «Sam», responde al instante. ¿Y además de su esposa? «Hay una enorme brecha entre ella y cualquier otra persona. Probablemente sea Tom Goff, al que conozco desde los 11 años». Goff es un agente de caballos purasangre de Newmarket. Fueron los padrinos de sus respectivas bodas y hablan casi todas las semanas.

Lo que Goff le aporta es «una buena dosis de sentido común rural. A veces bromeo diciendo que es una especie de taxista que me llama por teléfono. Es muy franco, pero la verdad es que también me apoya mucho. Y con opiniones buenas, sólidas, fuertes, de conservador moderado. Por ejemplo, cree que Farage es espantoso».

Cameron aprendió la importancia de la amistad gracias a su padre, Ian. «Era una persona muy sociable. Le gustaban sus amigos, las vacaciones, divertirse: las cosas más bonitas de la vida. Estoy deseando que lleguen las vacaciones».

El gusto de Cameron por su tiempo libre juega en su contra de cara a la opinión pública. Dicen de él que es un primer ministro de lo más relajado, y es algo que le molesta. Tiene un aspecto feliz y saludable, y eso no le ayuda. Hoy en día sospechamos de los líderes que parecen estar disfrutando. Preferiríamos un poco de sufrimiento, aunque solo fuese para asegurarnos de que nuestros empleados públicos trabajan duro.

Cameron asistía a la cumbre del G-8 de 2012 cuando le colgaron ese sambenito por primera vez y se lo tomó realmente a pecho. Me dicen que cuando se lo comentó al presidente Obama, este apuntó: «Cogen tus puntos fuertes y los convierten en debilidades».

Tres puntos pendientes

Echando la vista atrás, hay tres cosas en las que Cameron desearía haberse centrado hace cinco años: el «aligeramiento», el terrorismo y el trabajo en equipo. «Ojalá hubiéramos pasado más tiempo intercambiando ideas sobre cómo aligerar el Gobierno. Es lo que yo llamo factor burocrático, que si consultas, que si asesoramiento, sanidad, seguridad, revisión judicial, Ley de Libertad de la Información… En general, si quieres hacer algo como construir una carretera, abrir un instituto, lanzar un programa para fomentar la construcción de viviendas, cualquier cosa, se tarda una cantidad increíble de tiempo».

La amenaza terrorista de los extremistas islámicos es, en su opinión, el mayor problema al que se enfrenta Reino Unido. «Más reflexión, más preparación, más debate sobre todos los elementos: eso habría sido positivo».

El último remordimiento es que no siempre tiene a su partido de su lado. Se sabe que muchos parlamentarios se sintieron abandonados durante los primeros años. Es famoso el caso en que varios rebeldes tories tumbaron su reforma de la Cámara de los Lores, a lo que los demócratas liberales contraatacaron negándose a aceptar los cambios en los límites de las circunscripciones. Eso podría costarle hasta 20 o 30 escaños en dos meses. Desearía haber formado un equipo más sólido. «Ojalá me hubiera tomado más tiempo para tener a mi partido de mi lado. Ojalá hubiese sabido convencer a todo mi partido de que la elección de un grupo de miembros en la Cámara de los Lores no era el fin del mundo tal y como lo conocemos».

Cuando habla de la reforma en las circunscripciones se muestra más agitado que en ningún otro momento, y golpea la mesa mientras habla. Acusa a los demócratas liberales de negociar a dos bandas y no cumplir. No obstante, cuando le pregunto si admira a Nick Clegg, su respuesta inmediata es: «Sí. Mire, creo que tomó la decisión correcta al formar una coalición. Hemos trabajado muy bien juntos».

No tiene palabras tan cálidas para el UKIP. Le pregunto si cree que es una fuerza que durará en la política británica. «No lo creo, no». Dice que es una respuesta a la falta de conexión con la gente, «a una inmigración demasiado alta, a una recesión larga y dolorosa». Es «la política de la rabia, más que la política de la respuesta». Sin embargo, Cameron se muestra categórico en cuanto a que los políticos deben responder, no hacer oídos sordos, como les gustaría a algunos líderes europeos. «¡Depende del resto de nosotros encontrar las malditas respuestas!».

Me pregunto si respeta a Ed Miliband. Hay un claro titubeo. «Mire, respeto a cualquiera que entre en política y sea un líder político, porque la verdad es que esto es una jungla». Es una respuesta vacilante, precavida.

Cameron asegura que este trabajo le hace feliz, pero que es más difícil de lo que pensaba. «La realidad es más dura. Hacer las cosas es más difícil que pensarlas». Pero, a pesar de todas las tensiones, le produce una «satisfacción increíble». Le pregunto si le mueve buscar la aprobación de alguien. Hace una pausa.

«Me importa mucho la opinión de Samantha. Me importa mucho la opinión de mis colegas. Me asusta muchísimo poder decepcionar a la gente. Es decir, tengo muchos miedos… Esos parlamentarios con escaños en vilo; no quiero decepcionarles… El miedo al fracaso siempre me ha motivado mucho».

Confiesa que su libro favorito es Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson. «Cuando lees un libro que confirma todos tus puntos de vista y tus prejuicios, pero los lleva mucho más allá, resulta fabuloso. Habla sobre los ingredientes del éxito de un país y siempre vuelvo a él».

Dos recetas para el futuro

Esa frase sobre confirmar los prejuicios me da una pista sobre algo que me lleva perturbando las 24 horas que he pasado con él. Me doy cuenta de que Cameron comparte un defecto inesperado con el hombre con el que se disputa Downing Street. Ambos son personas decentes que quieren lo mejor para su país, pero tienen un sentido tan profundo e instintivo de la rectitud moral de sus políticas que se quedan simple y llanamente desconcertados cuando los demás no están de acuerdo con ellos. Para Cameron, una economía fuerte es el requisito previo para construir una buena sociedad; en opinión de Miliband, lo primero que hay que hacer es luchar contra la desigualdad. Estas cosas les resultan tan obvias que no pueden explicárselas a los no creyentes. Por eso ninguno de los dos logra llegar más allá de sus bases políticas. Les cuesta crear conversos porque el único punto de partida que comprenden es el suyo.

Estas elecciones siguen pendientes de un hilo y nadie puede estar seguro del resultado. Es una dura elección entre dos recetas muy distintas para el futuro. Uno de estos dos hombres será «pasto de los leones» en mayo. El mapa electoral favorece a los laboristas; la historia electoral da ventaja a los tories. Pero Cameron conserva la esperanza, independientemente de sus probabilidades. Este es el mismo hombre que me dice, justo al acabar la entrevista, que entre sus películas favoritas se encuentra Un puente lejano, la historia del intento heroico y fallido de los aliados por conquistar una ciudad estratégica durante la Segunda Guerra Mundial. La ha visto muchas, muchas veces. ¿Por qué? «Siempre que pongo Un puente lejano tengo la esperanza de que, si la veo otra vez, lograrán tomar Arnhem».

Fuente [Abc.es]

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