La presidenta de Brasil cumple 100 días de mandato con la popularidad por los suelos

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, cumple los primeros cien días de su segundo mandato sin ninguna pompa y con la popularidad por los suelos, como si estuviese de salida. Los titulares y portadas de los principales diarios y semanarios destacan fotos de su ministro de Economía, Joaquim Levy, y de su vicepresidente, Michel Temer, como los salvavidas que han evitado que la mandataria se hunda.

«Joaquim Manda», asegura en portada «Carta Capital», una revista próxima al Gobierno que escribe sin rodeos que Rousseff se ha convertido en rehén de Levy y del aliado Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), grupo mayoritario en el Congreso y que le ha impuesto varias derrotas en las votaciones legislativas.

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Rousseff ha dado esta semana otro paso que ha sido muy criticado, tanto por aliados como por opositores, al pedir a su vicepresidente que asuma la coordinación política entre su Gobierno y el Congreso, algo que en teoría debería estar en manos de un militante del oficialista Partido de los Trabajadores (PT). «Es una renuncia blanca», apuntó el excandidato a la presidencia Aécio Neves, líder del Partido Social Demócrata Brasileño (PSDB) y una de las principales voces de la oposición, sobre el mandato que Rousseff entregó a Temer.

Grupos de la oposición preparan para este domingo otra gran manifestación contra Dilma Rousseff, como la del pasado 15 de marzo, cuando casi 2 millones de brasileños salieron a las calles para protestar contra el Gobierno, el Congreso y la corrupción.

Tras la investidura de su segundo mandato, el pasado 1 de enero, Rousseff ya se enfrentó a caceroladas y evita acudir a lugares donde pueda ser mal recibida. Su popularidad es la más baja de un presidente de Brasil desde los tiempos de Fernando Collor de Mello, quien renunció al cargo en 1992 para evitar ser destituido por corrupción.

Rousseff apenas llega al 12% de respaldo

Las encuestas apenas dan un 12% de aprobación a Rousseff, muy diferente del 56% que registró en su primer mandato, cuando en 2011 relevó en la presidencia a Luiz Inácio Lula da Silva y el crecimiento de la economía era del 7,5%.

Precisamente la economía ha sido uno de los talones de Aquiles de Dilma Rousseff. Por ese motivo, Joaquim Levy, un respetado ejecutivo del mercado financiero, se ha convertido en su tabla de salvación, con un plan de recortes y ajustes que no gustan ni a empresarios ni a ciudadanos corrientes. La inflación sube y la economía está estancada, camino a la recesión.

«Los inversores no regresarán de forma permanente sin la implantación de esos ajustes», asegura Ilan Goldfajn, economista jefe del Banco Itaú, uno de los mayores del país, sobre las medidas de Levy, que por ahora solo alimentan la impopularidad de la presidenta.

Para empeorar el escenario, los informativos brasileños son un rosario diario de corrupción. El gigantesco desvío de fondos en la petrolera estatal Petrobras involucra a políticos del Gobierno y de la oposición, a ejecutivos de grandes constructoras brasileñas con operaciones internacionales y le pisa los talones a Rousseff. A pesar de faltas de pruebas concretas, la actual presidenta fue cercana a la empresa cuando fue ministra de Energía y Minas (2003-2005) y miembro del consejo de la petrolera estatal.

Atada de pies y manos

En el Congreso, Dilma Rousseff está atada de pies y manos por el presidente de la Cámara, Eduardo Cunha, un diputado evangelista y conservador del PMDB que le ha hecho la vida difícil y llegó al puesto tras derrotar al candidato del Gobierno. Esta semana, Rousseff sufrió una nueva derrota con la aprobación de un proyecto de ley que regula las «tercerizaciones» laborales, una afrenta para el oficialista Partido de los Trabajadores. La salida que buscó Rousseff para mejorar la relación con Cunha fue poner a su vicepresidente en acción, mientras ella aparenta estar paralizada.

Fuente [Abc.es]

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