Carnavaleando por américa latina (Fotos) - LeaNoticias.com

Carnavaleando por américa latina (Fotos)

Días y noches de alegría, color, música, danzas y multitudinarios desfiles, signan a la celebración heredada de Europa, pero que en nuestra América toma ribetes propios desde Panamá hasta Tilcara. Febrero es sinónimo de Carnaval, y la fiesta del Rey Momo estalla a lo largo de América Latina. Desde Río de Janeiro, Salvador y Olinda en Brasil a Panamá, pasando por Barranquilla en Colombia y Oruro en Bolivia; Montevideo en Uruguay y la Quebrada de Humahuaca en Argentina, como los sitios más representativos.

Una celebración que nació en el viejo continente, y con su impronta europea, que ya había mezclado lo religioso y lo pagano, llegó a estas tierras a quedarse para siempre, tomando ribetes propios en cada uno de los lugares donde se festeja, con el aporte fundamental de las culturas africanas e indígenas. Hoy, los carnavales representan  una de las expresiones culturales más ricas y significativas de Sudamérica.

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Panamá, la fiesta en dos orillas

Suelen decir por allí que lo único que se toma en serio el panameño es el Carnaval. Lo cierto es que en febrero el país arde: desde la capital hacia el interior se viven cuatro días de carnestolendas a “puro goce”. En la ciudad la celebración tiene influencia antillana, mientras que en interior muestra tinte más español y es donde se hacen los festejos más tradicionales, sobre todo en Las Tablas.

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Allí las “tunas” o agrupaciones compiten y se hacen bromas: Calle Abajo versus Calle Arriba. También se realiza el desfile de polleras, el vestido típico. El pueblo de Penonomé, en tanto, se destaca por el Carnaval acuático, un original desfile en el que no hay carrozas sino balsas alegóricas, que rinden tributo a los antepasados, los indios zaratí, que utilizaban el río como medio de vida.

Mientras, en la capital son cuatro días en los que se convoca a un millón de personas atraídas por bandas de salsa, grupos de reggae y reggaetón, que animan las calles desde temprano en la mañana hasta altas horas de la noche. El día despunta, arrancan los culecos, una tradición en la que el gentío se aglutina a bailar bajo el agua que arrojan con mangueras desde camiones cisterna, bañando a la multitud.

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Barranquilla, el Carnaval del Caribe

“Quien lo goza, quien lo vive”, repiten una y otra vez en esta ciudad colombiana, cuya fiesta fue declarada en 2003 como “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad” por la Unesco. “Nuestro carnaval es europeo africano e indígena, pero a la vez no es nada de eso, porque ya es otra cosa, es una fusión creativa”, explica Mirtha Buelvas, antropóloga que investiga las raíces de esta celebración desde hace treinta años.

Entre las danzas tradicionales se destacan la cumbia, el congo, el garabato, las farotas, el paloteo y el mapalé, que ya no existen en su lugar de origen y encontraron en el evento de febrero su manera de preservarse.

Todo comienza el sábado de Carnaval con la Batalla de Flores, un desfile de carrozas, comparsas, grupos de bailes y disfraces presidido por la reina. El domingo es el turno de la Parada de la Tradición, y el lunes, la Parada de Comparsas. Todo concluye el martes con el entierro de Joselito de Carnaval, personaje que es la alegoría de la fiesta, quien luego de cuatro días de intensa “rumba”, muere. Su cuerpo es llorado y sepultado simbólicamente por las viudas alegres que compartieron con él sus días festivos.

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Río: sambar, siempre sambar

Los blocos toman las calles. El sambódromo estalla. Son almas en éxtasis, son cuerpos poseídos, son los cariocas expresando su identidad. El Carnaval es Río de Janeiro en su máxima expresión, con la samba como estandarte musical. Si aquí todo el año es diversión y alegría, durante los días en que Momo es rey la cidade maravilhosa se convierte en el paraíso de los excesos bajo un Cristo Redentor que se hace el distraído.

La cara más difundida es lo que ocurre en el Sambódromo Marqués de Sapucaí, el desfile de las famosas Escolas do Samba, a lo largo de 5 noches infinitas. Sin embargo, afuera del estadio, la gente toma las calles siguiendo el ritmo alocado que imponen los blocos, que le dan rostro al verdadero fenómeno carioca: el festejo callejero. A la vera del mar, en pleno centro, en los rincones más chic o en las barriadas, todo el mundo danza, cerveza en mano, bajo una lluvia de espuma en un gran baile de disfraces que no conoce horizonte, ni siquiera el mar.

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Salvador, el poder del pueblo

Tiemblan las centenarias iglesias de la capital bahiana al paso del los tríos eléctricos, gigantescos camiones que funcionan como escenarios móviles, que sacuden la ciudad y arrastran multitudes a su paso. El trópico danza. El pueblo se estremece. Salvador es un hervidero de gente en ebullición, y la única religión en este lugar donde reinan los ritos mixturados entre las creencias africanas, católicas y nativas, es la de la diversión.

Locales y visitantes vibran al ritmo del axé y el pagode que retumban en los gigantescos sound systems ambulantes que se pasean por los tres circuitos callejeros donde la gran fiesta explota: Campo Grande, Barra/Ondina y Pelourinho. Por allí desfilan hasta altas horas megaestrellas como Daniela Mercury, Ivette Sangalo o Carlinhos Brown, quienes arengan a una masa compacta de gente que enloquece y baila, salta y canta detrás. Ilé Ayé, Olodum, y Filhos de Ghandhy, son parte del mosaico negro que enciende otra llama en esta fiesta. Se destacan por su espiritualidad basada en el candomblé. No sólo se divierten; sus cantos son como plegarias y reivindican los derechos de los afrobrasileños.

Olinda-Recife, tradición nordestina

Ríos de gente invaden las arterias de Olinda, al compás del frevo y los redobles del maracatú, una mezcla autóctona de ritmos heredados de África y Europa, característicos del Carnaval de Pernambuco, al nordeste de Brasil. Centenares de agrupaciones de raíz afro desfilan por la ciudad sumando más de un millón de personas al son de sus pegadizas melodías ejecutadas por bandas de vientos y tambores.

Cuerpos cubiertos de espuma y bañados en sudor se mueven como en trance bajo el abrasador sol y luego bajo la luna. Es un espectáculo frenético, en el que se preservan las más puras tradiciones del nordeste brasileño, que se fusionaron con el toque moderno que aportan las nuevas generaciones de artistas locales.

El desfile de los muñecos gigantes es todo un clásico. Son más de cien criaturas que pueden llegar a los tres metros de alto. Mientras, en Recife, desfila el sábado de carnaval el Gallo da Madrugada, el bloco más grande del mundo según el Guinness, que convoca unas dos millones de personas. La Noche de los Tambores Silenciosos, le aporta un toque místico a tanto desenfreno. Es un desfile de agrupaciones que rinden homenaje a las almas, una vieja ceremonia de origen africano. Tradición, misticismo y desenfreno, así es la fiesta en Olinda.

Oruro, devoción y diabluras en el altiplano

Este festejo que sacude la modorra boliviana fue declarado como “Obra Maestra del Patrimonio Intangible de la Humanidad” por la Unesco. Unos cincuenta grupos folclóricos entre caporales, morenadas, diabladas y tinkus desfilan en una larga procesión a lo largo de la avenida 6 de Agosto.

Los bailarines, ataviados en magníficos y coloridos trajes y máscaras, marchan hacia el santuario de la Virgen del Socavón, la “Mamita”, a quien homenajean de forma colorida y le cumplen sus promesas. Bailan alrededor de la plaza hasta llegar a la escalinata de la iglesia, bajo el sonido ensordecedor de las bandas que ejecutan estridentes sus bombos, platillos, trompetas, clarinetes y trombones. Los devotos carnavaleros ingresan de rodillas al santuario y el cura los bendice. Después de veinte horas de baile ininterrumpidos, llegará la hora del

“Alba” cuando, a la cinco de la mañana, las mejores bandas se junten en las graderías de las Avenida Cívica a tocar frente a frente, hasta que el desfile del domingo vuelva a comenzar.

Montevideo, al compás del tamboril
El Carnaval más largo del mundo dura cuarenta días y otras tantas noches, y alcanza su clímax durante el desfile de las Llamadas, en los barrios Sur y Palermo, donde unas cuarenta agrupaciones protagonizan dos noches maratónicas, desplegando toda la herencia africana a puro candombe. Recorren la calle Isla de Flores al ritmo del piano, el chico y el repique, los tres tamboriles que remiten a la forma de encuentro de los inmigrantes africanos, cuando se “llamaban” con la percusión para ir juntos a la fiesta del Dios Momo, de ahí el nombre de Llamadas.

Las comparsas exhiben sus banderas y estandartes para dar paso a las cuerdas, a los tambores y los personajes típicos, como la Mamá Vieja, el Director, el Gramillero, el Escobero Malabarista y las Vedettes. Las murgas, con sus cantos irónicos satirizan a los políticos, y son otro de los rasgos distintivos que hacen de Montevideo una de las referencias carnavalescas en el mundo.

Tilcara, ¡Soltame carnaval!

En Tilcara tiene lugar una de las celebraciones más auténticas, coloridas y originales de la Argentina. Rituales de una cultura ancestral e influencia española se fusionan en esta fiesta desenfrenada que se desata en las calles y atraviesa la puerta de los hogares tilcareños, que se extiende por nueve días ininterrumpidos. Todo comienza  con el “desentierro” del diablo y se “decreta” el inicio del Carnaval. Día tras día, las comparsas son seguidas por multitudes al ritmo de huaynos y carnavalitos. “¡Soltame carnaval!” gritan los más poseídos.
Los diablitos son el símbolo, traen alegría, picardía y buena suerte. Todo concluye con el “entierro”. Se lo quema para que renazca de las cenizas al año siguiente, vigoroso y renovado.

Fuente [Losandes.com.ar]

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