La loca sensación de que somos inmortales (y lo estúpido de dejar todo para otro día)

La vida está llena de incertidumbres, desde que nacemos todo es incierto, la única certeza que hay es que vamos a morir. Y aun sabiendo eso, aun teniendo esa única seguridad, le tememos y muchas veces nos rehusamos a aceptarla como algo natural.

¿Por qué tenemos miedo a morir? ¿Qué es lo que nos asusta de la muerte? Cuando pienso en mi muerte, no temo por mi, temo por los que se quedan. Temo por mis hijos, me jode que sufran. Confío en que el amor que les doy, que las cosas que les enseño y comparto con ellos, los ayudará a sostenerse; sé que estarán bien, pero sé que será duro. Perder a un ser querido, amado, marca y duele.

muerte inmortalidad

La primera vez que experimenté una pérdida fue la de mi nonno, mi abuelo paterno. Yo tenía catorce años, un cáncer al pulmón se lo llevó. Para mí, mi vida se divide en antes y después de su fallecimiento. Fue mi primera muerte consciente. Prometí desde ese día que siempre llevaría algo negro; como no me quería olvidar de él nunca, quería cada día llevar algo que me recuerde su presencia en mi vida, y así al recordar su ausencia me ayudaría a recordar -más aun- su existencia.

Luego de esa he vivido varias muertes más, y obvio que me han afectado, pero no al punto de esa vez. Las demás partidas las he tomado con mucha naturalidad. “Morir es parte de la vida repetía, es algo natural” le dije a mi madre cuando murió mi vovo (abuelo por parte materna). Lo mismo cuando murieron mi nonna y mi tía (hermana de mi padre); personas a las que amé mucho y por las que siento profundo agradecimiento y recuerdo siempre.

He visto morir gente cercana, conocidos, familiares de amigos queridos. Siempre iba con mucho color y serenidad a los velorios. Cuando pienso en mi propia muerte, cuando planeo como será ese día, me lo imagino un día alegre. Les he pedido a mis críos y amigos más cercanos, que ese día quiero muchas flores de colores en mi velorio, cantos alegres, risas, vino; luego que me cremen, y otras instrucciones más. Lo tengo todo fríamente calculado.

Les he hablado de la aceptación, de lo natural que es, de lo bonito e importante que es celebrar la vida. Creo que uno en esta vida muere muchas veces; mueres para renacer. Somos como serpientes, cambiamos de piel. Volvemos a aprender para desaprender. Como me suele pasar cuando creo que sé algo, hace unos días un episodio en mi vida me hizo tambalear, todo lo que creía sabía y sentía sobre la muerte no era más que eso: una creencia. La sola posibilidad de perder a esa persona me ha hecho sentir la fragilidad de mi ser, de mi vida, de la vida.

He empezado a sentir miedo, rabia, frustración de perder a alguien, y con esa pérdida, perderme. He empezado a pensar de nuevo en cual es el sentido de nacer, de vivir, de la existencia; sobre todo de la mía. Todas las preguntas que creía resueltas, o más que resueltas, olvidadas, guardadas en algún lugar de mi “existencialista” y poco práctica memoria reaparecieron con furia: “¿Para qué vivimos? ¿para qué nacemos? ¿por qué nací? ¿para qué vivo? ¿por qué vivo?”.

El miedo de no ser suficiente, el miedo de no haber hecho lo suficiente, la no trascendencia. El temor de no haber agradecido todo lo que hay que agradecer, de no valorar, de no haber reído, amado, guerreado disculpado, besado, abrazado, olido, visto, escuchado, lo suficiente. El casi pánico de irte sin haber sido todo lo que puedes/quieres ser, hacer. La estúpida sensación que somos inmortales, lo estúpido de dejar todo para el día siguiente, para el futuro.

El saber que vamos a morir, que nuestros seres amados van a morir y no actuar como si eso fuera un hecho y seguir posponiendo todo: afectos y actos, procrastinar hasta para con la muerte…

Fuente [Espacio360.com]

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