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Luz_Marina_Barreto_FSM_1861B¿Qué es la justicia? La justicia no es que todos seamos tratados de la misma manera, ni que recibamos todos lo mismo. La justicia no equivale, pues, a la equidad. Ambos son conceptos filosóficos diferentes, aunque relacionados. Tampoco es que cada quien reciba “lo que le corresponda”, según sus necesidades presuntas, por lo general, por alguien que no es la misma persona que es objeto del supuesto trato “justo”.

Ser tratado de modo justo significa, ni más ni menos, que la persona recibe el trato que corresponde a sus mejores intereses, a sus intereses más caros y cercanos. La necesidad de ser tratado con justicia es una de las aspiraciones más profundas del ser humano. Ser tratado con justicia hace posible que una persona pueda realizar su vocación y cumplir su destino. Una de las intuiciones más antiguas de la humanidad es que cada persona, cada uno de nosotros, tiene algo especial que decir y que hacer y que es en la realización de esa misión personal que se cumple la propia vida. Los antiguos filósofos llamaban a una vida vivida de esa manera una vida plena o lograda y la disciplina filosófica que explora las distintas respuestas que ha dado la humanidad a la pregunta por la fórmula que conduce a ese tipo de vida se llama “ética”. La moral, por su parte, como disciplina, se ocupa del trato recíproco que deberían darse las personas. Pero ¿cómo saber cuál es ese trato debido? La respuesta la da, precisamente, la ética. Debemos tratar a las personas atendiendo al hecho que acabo de señalar: que cada una quiere realizar su vida del modo más logrado o pleno posible. Por esta razón, nosotros debemos tratar a otros y, por cierto, tratarnos a nosotros mismos, como alguien que quiere realizarse plenamente y que tiene una vocación que cumplir. Por esta razón, las normas morales tienen como norte el respeto a la autonomía de las personas. Autonomía, es decir, la capacidad que tiene cada persona para autodeterminar su vida de modo que esa llamada profunda que percibe en sí misma, su vocación, llegue a su cumplimiento y pueda realizarse, siendo esa realización una forma genuina de felicidad personal. Es por esto que, en un sentido importante, el respeto a la autonomía moral de la persona no contradice su aspiración a la felicidad.

Dicho esto, estamos en capacidad ahora para inferir cuáles son las actitudes, acciones y concepciones filosóficas y políticas que contradicen o niegan estas intuiciones. En un sentido general, todo intento de usar o instrumentalizar a otros para los propios fines, bien sea manipulándolos o doblegándolos, es un atropello a la autonomía moral de las personas. Pero también faltamos al respeto a las personas y las tratamos de modo injusto si las obligamos a adherirse a nuestras concepciones filosóficas, religiosas, ideológicas o políticas, como cuando condicionamos los beneficios económicos de un individuo a la pertenencia a un partido político, o cuando discriminamos grupos enteros o minoritarios de una población por no comulgar con nuestra ideología política, o cuando los ofendemos, los etiquetamos con apelativos denigrantes, los condenamos al ostracismo y los hacemos objeto de burla. La cosa empeora cuando usamos dineros públicos, dineros que pagamos los ciudadanos a través de los impuestos, para contratar a individuos a fin de que se dediquen a denigrar, espiar, ofender, discriminar o despojar de sus trabajos y medios de vida, a otros ciudadanos. O cuando comprometemos un país entero para que sirva a un partido político y a su ideología política, o cuando se contienen dineros públicos para promover el desarrollo de vidas personales y proyectos comunitarios distintos de los que caracterizan al poder, como cuando despojamos de su presupuesto a las universidades autónomas o lo negamos a sus publicaciones científicas o a sus proyectos de investigación independientes.

En suma, nos consolidamos en la injusticia cuando hacemos todo lo posible para que sean acallados y desaparezcan proyectos de vida, aspiraciones y conciencias que expresan puntos de vista distintos de los nuestros. La injusticia es incluso peor si nuestra negativa a atender los derechos de los demás se debe a nuestra adhesión a una ideología política. En ese caso, la injusticia tiene un fundamento deshumanizador, está basada en la deshumanización del oponente político, en la medida en que se le somete al ostracismo porque estamos nosotros mismos entregados a una ideología política. En estos casos, el velo que nos oculta el rostro humano del otro nace de nuestra propia alienación, de nuestros ponernos nosotros mismos al servicio de un partido político o de una ideología. Comenzamos a tratar a otros como cosas, porque nosotros mismos no somos sino la expresión de un esquema político en el cual nuestra condición de personas autónomas, libres, ha desaparecido. Habría que preguntarse si la tremenda violencia que nos azota ahora no tiene su origen precisamente aquí.

No cabe la menor duda de que es muy fácil contribuir a una cultura política en el que las instituciones públicas han perdido su carácter de estar al servicio de la persona humana y del respeto a su autonomía. Pero lo peor de lo peor es cuando las víctimas mismas se hacen cómplices de una tal consolidación de la injusticia y la deshumanización del otro.

¿Cuándo sucede esto? Cuando alguien sale corriendo acobardado de la oficina pública en donde un funcionario de poca monta le dice que debiera inscribirse en un partido político para gozar de algún beneficio laboral. O cuando alguien no expresa con claridad su negativa a ser obligado a participar en manifestaciones políticas respecto de las cuales tiene objeciones de conciencia (como una marcha en apoyo a las políticas del partido en el poder). No sólo no hay que participar en el poder corrupto. También hay que hacer esfuerzos por articular de modo elocuente y claro las propias objeciones de conciencia y la propia defensa de nuestros derechos humanos.

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El respeto moral a la autonomía y a la libertad individual y de conciencia es la fuente de una ciudadanía democrática y de los derechos de los ciudadanos. Pero nos hacemos cómplices de su declive y contribuimos a su decadencia si no nos levantamos nosotros mismos a defenderlos de forma elocuente, firme, valiente y clara.

Para hacerlo, hay que estudiar, leer. Hay que educarse en las distintas concepciones filosóficas de justicia que ha concebido la humanidad y darse cuenta de que el socialismo es una propuesta entre otras, y una bastante mala, por lo demás, una respecto de la cual se han hecho importantes y definitivas críticas. Pero jóvenes que no se toman el tiempo para estudiar aquello que les permita formular de manera articulada y clara las razones y los argumentos que existen para defender sus derechos individuales, después no pueden quejarse si se quedan con la boca abierta, sin entender qué está pasando e incapaces de decir nada, mientras los poderosos de turno se los pisotean.

Luz Marina Barreto

Escuela de Filosofía, UCV

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