Anzoátegui: El héroe que murió en medio de susurros (por @MarijoEscribe) - LeaNoticias.com

Anzoátegui: El héroe que murió en medio de susurros (por @MarijoEscribe)

Se dice que Bolívar lo amó como a un hijo y, para muchos, en ese entrañable amor se esconde la verdadera causa de su prematura muerte. “Que soldado ha perdido el Ejército y que hombre ha perdido la Patria” dijo El Libertador al conocer su deceso. “Que difícil es reemplazar a un hombre como Anzoátegui”, agrega el biógrafo Fabio Lozano y Lozano a las palabras del héroe caraqueño.

general jose antonio anzoateguiGeneral José Antonio Anzoátegui. Óleo de Martín Tovar y Tovar

De haber contado en aquella época con la tecnología que hoy da soporte a la investigación criminal, estaríamos hablando de un interesante caso policial; pero las limitantes históricas parecen haber condenado este hecho a un laberinto de misterios que quizás nunca se encuentren cara a cara con la verdad.

Sobre la vida de José Antonio Anzoátegui es mucho lo que se ha dicho. ¡Y con sobrada razón! A la edad de 30 años ya exhibía el título de General de División, luego de protagonizar el triunfo de las armas patriotas en Boyacá. Su trayectoria guerrera exhibía 20 campañas con 28 victorias en 37 combates.

Sobre su óbito, sin embargo, se especula mucho y se afirma poco. La versión oficial da cuenta de “una rara y repentina enfermedad”; pero su tránsito a la noche eterna está plagado de susurros y demonios, de esos a los que no hay que creerles ni cuando dicen la verdad.

Sus compañeros de armas del batallón Barcelona lo llamaban “el sempiterno regañón”, por su eterna expresión de seriedad y carácter difícil. Se dice que era muy puritano, sencillo, desprendido y discreto. Estas características también influyeron en que su muerte se convirtiera en una pregunta sin respuesta.

Era el elegido de Bolívar para ser el protagonista de la emancipación del sur del continente. “Marcharemos a libertar a Quito; y quién sabe si el Cuzco recibirá también el beneficio de nuestras armas; y quizás el argentino Potosí sea el término de nuestras conquistas”. Una semana después de haber profetizado su gloria, recibió la noticia de su fallecimiento.

La fiesta que dio paso a la muerte

“Burbujeaban las bebidas en las copas y se veía radiante el General del brazo de hierro y de la espada reluciente”, escribió Pedro de Armas Clavier para el Diario de Oriente (Venezuela) en noviembre de 1979. “Sorpresivamente se sintió mal y abandonó sigilosamente la sala. Nadie notó su ausencia”.

Celebraba en Pamplona su cumpleaños número 30. Un grupo de distinguidos miembros de la sociedad neogranadina y compañeros de armas elogiaban su reciente designación como Comandante del Ejército del Norte.

“De modo inesperado se le presentó un malestar”, advierte el cronista de Barcelona, Oscar Parrela. “Se vio en la necesidad de rogarle a su compañero de armas, Diego Ibarra, le secundara durante el agasajo y se retiró de un modo apresurado”.

El 15 de noviembre de 1819 el doctor Tomas Foley, veterano de la legión británica, daba cuenta de su muerte. “El parte oficial consigna tan sólo la palabra «fiebre» como causa de su fallecimiento”, relata el médico Diego Andrés Rosselli en Portafolio.com.co y destaca “la ausencia de informes detallados del médico de Anzoátegui”.

Enfermedad mortal en clima templado

El colombiano Lozano y Lozano plantea en su libro “Anzoátegui. Visiones de la Guerra de Independencia” las dudas que existen sobre la muerte del prócer. Sin embargo, termina apoyando la hipótesis de una fiebre letal, que lo atacó en el frío clima de Pamplona.

“La enfermedad que lo mató fue terrible y desconocida. Una fiebre pútrida -en el lenguaje de la época- , quizá perniciosa, como la que acometió al Libertador en Pativilca, o tifo asiático o cólera morbo”, dice.

De la página Henciclopedia.org.uy se desprende que el tifus exantemático o fiebre pútrida se trasmite a través de los piojos. Los síntomas (fiebre elevada, dolor en los músculos y las articulaciones, rigidez, cefalea, y trastornos cerebrales) aparecen unos 10 días después de la picadura del insecto infectado y durante la segunda semana el paciente comienza a delirar.

Refieren que se ha presentado en forma de grandes epidemias durante tiempos de guerra o épocas en las que las condiciones higiénicas no eran buenas, agregando que es frecuente en climas templados, donde las condiciones de frío impiden el aseo.

¿Un mal paciente?

“¿Cómo celebraba entonces tan fastuosamente su cumpleaños?”, se pregunta el cronista de Lechería, Maximilian Kopp. “Si sufría esa penosa enfermedad debía sentirse bastante mal”.

Por su parte, Lozano y Lozano asegura que las notas del Coronel Ortega, Jefe del Estado Mayor de Anzoátegui, daban cuenta de la epidemia que azotaba a las tropas por aquellos días, en los que se diariamente se reportaban hasta 12 soldados enfermos.

“Anzoátegui era un hombre que no mantenía distancia con sus soldados”, continúa Kopp. “Es probable que realmente se haya contagiado de la enfermedad. Lo extraño es que su muerte se produjera tan rápido. A no ser que estuviera ocultando su malestar en los últimos días”.

Bolívar se separó de Anzoátegui el ocho de noviembre, cuando se fue a Soatá. “Sólo Dios supo que ese abrazo iba a ser el último”, cuenta Lozano y Lozano.

“Recibió la penitencia y extremaunción y no la Sagrada Eucaristía, por no haber dado más lugar la enfermedad”, se deja ver en su partida de defunción. En carta enviada a Bolívar el 16 de noviembre, Ortega le informaba que “desde el momento en que fue atacado del accidente, voló éste rápidamente hasta ponerlo en el sepulcro”.

Del placer a la tumba

Muchos creen que no fue precisamente una fiebre endémica la que acabó con la vida de José Antonio Anzoátegui. Sin divorciarse de las razones médicas, hay quienes acuñan la causa de su muerte a un accidente cerebro vascular (ACV) o embolia.

El cronista Salomón de Lima ya había consultado al médico Oscar Beaujon al respecto. “Para Beaujon la hipótesis más aproximada a la veracidad diagnostica es el ACV conocido como apoplejía. Parece que a raíz de su almuerzo de cumpleaños hizo el amor con una de sus novias pamplonesas”.

“En el recorrido por la casa en donde falleció el General le muestran al visitante la alcoba en donde agonizó y murió. Pero también destacan las dos puertas de la habitación, una que sale al patio central, y otra que lleva al largo corredor lateral (…) Por esa puerta –se dice– huyó la muchacha que estaba encerrada con Anzoátegui cuando sobrevinieron los primeros síntomas de su letal enfermedad”, explica Diego Andrés Rosselli.

En el relato del escritor colombiano Germán Espinosa titulado “La máscara amorosa de la muerte”, publicado en el libro “De amores y amantes”, se describe como el héroe de Boyacá se entregaba a la pasión con Cecilia Gómez, con quien años atrás parecía haber tenido una pasión inconclusa, pues el oriental no comulgaba con la idea de ser infiel a su esposa.

Sin embargo, César Valencia Solanilla, estudioso de la obra de Espinosa; advierte la frontera movediza que éste establece entre la historia y la ficción, y destaca cómo frecuentemente utiliza lo histórico-real como instrumento de ficción narrativa.

Un gran amor a lo lejos

José Antonio murió siete años después de haber contraído matrimonio con la mujer que robó su corazón a muy temprana edad. “Desde niño, afortunado sagitario, Anzoátegui había rendido a sus saetas amorosas el corazón de Teresa Arguíndegui, buena y bella”, asegura Lozano y Lozano.

“Los biógrafos de Anzoátegui lo han llamado, además de «modelo de los guerreros que combaten por la patria», «modelo de buenos esposos, buenos padres y buenos amigos». Amó a su mujer tiernamente, con fidelidad insobornable. Fue su única novia, su única, serena e inextinguible pasión”, sentencia.

Sin embargo, el matrimonio no tuvo oportunidad de convivir más que por cortos periodos de tiempo, ya que Anzoátegui fue hecho prisionero en la Guaira y luego se unió a la gesta emancipadora.

El investigador colombiano asegura que Anzoátegui escribía poco. “Solo se conoce una carta escrita a su esposa con fecha 28 de agosto de 1819”. En ella hace partícipe a María Teresa de sus afanes y glorias, pone a sus pies su nuevo título de General de División y le informa que muy pronto podrá verla. “He logrado que me den permiso para ir a abrazarte”.

Pero la fatal suerte de su esposo no permitió que Doña Teresa pudiera verlo nuevamente. Diez semanas después de escribir tan apasionada carta, el corazón de Anzoátegui dejo de latir para siempre.

Peligrosa pasión mulata

Hasta la propia Pamplona viajó Maximiliam Kopp para conocer la Casa Museo Anzoátegui y recorrer aquellos pasillos donde el eterno regañón pasó los últimos instantes de su vida. El museo está ubicado en una casa de la Calle Real que data del siglo XVIII. En sus instalaciones funciona el Archivo Histórico Notarial de la ciudad y la Secretaría de Cultura y Turismo.

Entre los lugareños se paseó para escuchar los cuentos populares que guarda la tradición pamplonesa y de ellos se trajo a Venezuela una nueva versión sobre la muerte de Anzoátegui.

“Él estaba siendo homenajeado por lo más selecto de Pamplona y, en sintonía con las costumbres de la época, le fueron entregados decenas de magníficos obsequios”, relata Kopp. “Entre los regalos había una joven doncella. Una muchacha virgen para que pasara la noche junto a él”.

La tradición oral habla de una sirvienta de Anzoátegui, una morena de gran belleza, con la que el General vivía un tórrido romance. “Por supuesto que a la mulata no le gustó para nada el regalito”, advierte el cronista de Lechería. “Se dice que, presa de los celos, ella lo envenenó”.

casa museo anzoáteguiCasa Museo Anzoátegui (foto de Carlos Olmo en Minube.com)

Pernicioso anhelo de la virtud ajena

“No se descarta que la muerte de Anzoátegui haya sido un atentado por rivalidades políticas”, deja ver con suspicacia Oscar Parrela.

En el texto “Rasgos biográficos de la familia Anzoátegui Hernández”, Salomón de Lima señala que “siempre se ha dicho que Anzoátegui fue envenenando por el pérfido de Santander, tal vez envidioso de su gloria, su sapiencia y su futuro. Se dice que le puso arsénico en una ración de lechosa, llamada papaya por los colombianos”.

“El pensamiento atrevido y libérrimo que nada entiende de convencionalismos y prudencias, acaso haya dado con la clave de este presunto misterio en los sucesos políticos que culminaron después con el infame asesinato del bizarro Mariscal de Ayacucho en Berruecos y el atentado contra la preciosa vida del Libertador en Bogotá”, sostiene J.J. Arocha.

Mucho es lo que se ha especulado sobre la participación de Francisco de Paula Santander en los hechos mencionados por Arocha, pero en ningún caso se ha comprobado la participación del héroe cucuteño en la muerte de Anzoátegui, de quien decía ser entrañable amigo.

“Los colombianos tienen una exaltación demostrada por Santander”, comenta Maximiliam Kopp. “En Pamplona nadie cree en esta versión”.

En las entrañas de Pamplona

A las 10 de la noche dejó de vivir el hijo de Juana Petronila y por ocho días guardaron riguroso luto los ejércitos neogranadinos. Fue sepultado el 16 de noviembre en la Parroquia Mayor de Nuestra Señora de Las Nieves, en la nave izquierda, frente a la capilla de la Virgen de Los Dolores. Según relata Chalbaud – Cardona, “Santander presidía el duelo, portando el mismo uniforme que había llevado en Boyacá”.

El edificio fue destruido después por un terremoto en 1875. En 1933 sus restos se consideran perdidos para siempre. Permanece para siempre el olor de su presencia en la dulce neblina de Colombia y bajo la ciudad duerme su cuerpo, uniendo para siempre los destinos de Pamplona y Barcelona.

María José Flores

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