Intentó recuperar el amor 20 años después, pero fue demasiado tarde (cruda historia de la vida real)

Dos personas que nunca olvidaré son Tamara y Promaco. Los conocí en Lisboa, donde me encontraba haciendo un curso de cocina por aquellos tiempos en los que mi esposo Edward, que es ingeniero, trabajaba en Houston apoyando un programa de simulación de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de los Estados Unidos.

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Tamara es colombiana, hija de un albañil y una maestra de primaria de Playa de Belén. Promaco es el hijo de matrimonio español que pisó América por primera vez tierra en los años 50’s y abrieron una modesta tasca en Bucaramanga. Esta es su historia:

Cuando Tamara se mudó a Bogotá para estudiar sociología, el joven Promaco se encontraba trabajando para una empresa de trasporte de alimentos en la capital colombiana. En una panadería donde ella acostumbraba desayunar antes de ir a clases, coincidieron varias veces.

Promaco quedó deslumbrado por la sonrisa de la estudiante y, varios cafés y almuerzos después, terminó prendado de su ímpetu por aprender, su inteligencia, ese carácter recio de mujer con los pies bien plantados sobre la tierra y sus ganas de salir adelante. Ella, por su parte, no podía dejar de pensar en su sonrisa, en su carisma y en la dulzura de las palabras que usaba para dibujar sueños que la envolvían.

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Se enamoraron de lo que cada uno representaba para el otro y se amaron bajo la luna bogotana una noche muy fría de 1978. Por esos giros imprevistos de la vida, Tamara quedó embarazada. Todos sus planes de vida parecían derrumbarse ante la posición intransigente de sus padres, que renegaron de ella y su descendencia apenas conocieron la noticia.

En su corazón, ella sabía que el espíritu libre de Promaco no estaba listo para asumir la responsabilidad de hacerse cargo de una familia, pero cuando él le ofreció matrimonio y le confesó su voluntad de hacerse cargo de sus responsabilidades como esposo y padre, decidió formalizar su relación con aquel hombre que fue, a todas luces, su primer amor.

Se mudaron a una humilde vivienda en las afueras de Bucaramanga, donde Promaco se dedicó al comercio de piezas sanitarias. Nueves meses después nacieron Desiree y Perseo (para seguir la tradición de nombres de origen griego en la familia, supongo), quienes crecieron viendo a su madre administrar su tiempo entre los rigores propios de la crianza, las labores del hogar y trabajo codo a codo junto a su padre en el almacén.

Triste por no haber podido celebrar su segundo aniversario de matrimonio, pues los gastos de la casa no le permitían esos lujos, Tamara atendió el llamado que hiciera a su puerta una mujer de aspecto muy humilde con un bebé en brazos. Luego de conversar con ella durante más de media hora, corrió hasta el baño para que sus dos pequeños hijos no la vieran llorar. El niño se llamaba Robert y era hijo de Promaco. Su madre había decidido ir a buscarlo ante la incertidumbre de no conocer su paradero, pues el niño se encontraba muy enfermo.

Cuando su esposo le confesó que, bajo los efectos del alcohol, había tenido un amorío con aquella campesina; Tamara quedó devastada. Sin embargo, por la educación que recibió en su casa decidió perdonar al hombre para que sus hijos no perdieran a su padre. Esa fue, sin duda, la decisión que hasta el sol de hoy más se arrepiente de haber tomado.

Aunque seguía junto a Promaco, el resentimiento se apoderó de Tamara. Ella esperaba que estuviera realmente arrepentido y se dedicara a tratar de enmendar el error ofreciéndole una vida de respeto y fidelidad. Nada más lejos de la realidad. Mientras ella se dedicaba a inculcar en sus hijos el valor del trabajo y las expectativas de superación personal a todo nivel, él se confió del perdón de su esposa para tener muchas otras aventuras y muchos otros hijos.

En un entorno cada vez más hostil, producto del empobrecimiento del sector donde vivían, Tamara pasaba las noches al pie de la cama de sus dos pequeños hijos, que siempre fueron propensos a las fiebres y enfermedades virales; mientras Promaco se había convertido en “el semental” del pueblo y en plena plaza, música y licor de por medio frente a todos sus amigos, se jactaba de su promiscuidad y su fertilidad.

Desiree y Perseo crecieron y su madre los motivó a estudiar en el extranjero. Cansada de las humillaciones, Tamara decidió por fin abandonar a Promaco y se estableció en un modesto apartamento desde donde comenzó a estudiar a distancia. Cinco años después resolvió mudarse a Lisboa, donde sus hijos habían fijado residencia.

Promaco se quedó en Colombia, en la misma casa que había levantado junto a Tamara. Entrado en años, seguía cautivado por la firmeza de la piel de las jovencitas, que no dejaron de desfilar por la misma cama en la que tantas veces juró a su esposa que no volvería a hacerlo.

En su cumpleaños número 60, Promaco se descubrió a sí mismo rodeado de soledad. A pesar de haber tenido más de diez hijos fuera del matrimonio, ninguno estaba a su lado para brindarle un abrazo sincero. Dos estaban privados de libertad por crímenes menores y los otros eran famosos en el sector por sus negocios turbios o relaciones personales tormentosas.

Armándose de valor, un mes después tomó un avión para Portugal. Siempre tuvo contacto telefónico con Desiree y Perseo y estaba seguro de que podría volver a sentir que formaba parte de una familia si los veía al menos una vez más. Tamara no podía estar más en desacuerdo con aquella idea, sin embargo se trataba de sus hijos y, demostrando una vez más su madurez y tolerancia, aceptó la visita aunque no estuviera dispuesta a servir de anfitriona y tratarle como el ilustre invitado que no se merecía ser.

Al llegar a Lisboa, Promaco se golpeó de frente con la dura realidad que durante años estuvo lejos de comprender. Sus hijos habían crecido con valores y circunstancias ajenas a su cotidianidad, por lo que al tercer día y después de varios respiros profundos y silencios incómodos, se encontró a si mismo sin nada que conversar con ellos, sin ningún punto de coincidencia en la manera de ver la vida.

Aunque Tamara evitó a toda costa una conversación a solas con el que había sido su esposo, no pudo evitar coincidir en la cocina de la casa de Perseo un domingo en la mañana. Él intentó desahogarse, lamentando haber perdido la oportunidad de estar cerca de sus hijos durante casi toda su vida; pero sus palabras no encontraron respuesta.

Al verla a los ojos no pudo evitar recordar ese primer encuentro en aquella panadería de Bogotá. Sintió su corazón entusiasmado y su ritmo cardíaco acelerado. Utilizó la misma dulce sonrisa con la que una vez logró rendirla a sus pies, pero por primera vez en su vida sintió que su encanto no valía nada.

Cuando terminó de sorber el último trago de un café humeante en el parecía haber concentrado toda su atención, ella levantó la mirada y lo observó con ojos inquisidores. El tiempo había hecho estragos en ambos pero el carácter valiente de Tamara permanecía intacto. “Mi conciencia está tranquila”, le dijo.

“Puedes devolverte a decirle a todos que eres el mejor padre del mundo por haber volado hasta aquí. Hace años decidiste quienes eran las personas que querías impresionar y cómo. Gracias por los sueños que alguna vez me hiciste tener, pero prefiero mil veces la realidad que decidí construirme yo misma. Lamento mucho que, en tu vejez, estés solo; pero no es más hombre el que tiene muchas mujeres, sino el que encuentra una que vale la pena y sabe mantenerla a su lado para toda la vida”.

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