José Mujica, adiós a las excentricidades del presidente honrado

El próximo domingo, con el Rey Juan Carlos presente, el anciano José Mujica Cordano dejará en una ceremonia oficial de ser presidente de laRepública Oriental del Uruguay. Cuando en la plaza de la Independencia de Montevideo, rodeado por miles de compatriotas, coloque la banda presidencial sobre de los hombros de su sucesor,Tabaré Vázquez, habrá llegado al final de una larga trayectoria política. Más de cincuenta años lleva metido en todos los ajos de la izquierda de su país un hombre que ha sido piquete, guerrillero, presidiario, ministro y, por último, presidente. Austero hasta extremos inconcebibles en cualquier jefe de Estado del primer mundo, Mujica es visto por sus detractores como un espécimen estrafalario cuyas inusuales hechuras no están a la altura de la alta dignidad institucional que ostenta. A él siempre le dio igual y nunca se cansó de repetir que el poder no lo iba a cambiar.

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Mujica recoge la banda presidencial de manos de Tabaré Vázquez en su toma de posesión en 2010.

Con Mujica abandona el primer plano no solo un gobernante, también un personaje de honradez incuestionable e integridad unánimemente reconocida. Su legado, más allá del de su gestión, está repleto de anécdotas y mensajes. Los repasamos a continuación.

Un orinal como símbolo de la resistencia del preso

El joven José Mujica abrazó la lucha armada contra la dictadura uruguaya en las filas del Movimiento de Liberación Nacional en la década de 1960. Como consecuencia de sus actividades ilegales como miembro de la guerrilla tupamara, Mujica fue detenido, herido gravemente por balas de la Policía y encarcelado en repetidas ocasiones. El Comandante Facundo, su nombre en clave en la clandestinidad, protagonizó varias fugas, alguna tan sonada como la multitudinaria del recordado penal de Punta Carretas, hoy un moderno centro comercial en Montevideo. Pero fue durante su última etapa de cautiverio cuando fue capaz de convertir algo tan escatológico como un orinal en símbolo de su resistencia frente a los crueles métodos de sus carceleros militares.

Mujica y sus compañeros vivían encerrados en oscuras y frías celdas donde no tenían de nada. Por no tener, no tenían ni dónde hacer sus necesidades. La madre del hoy presidente se hartó de pedir en vano en los cuarteles un trato digno para su hijo. Una de sus insistentes peticiones era el orinal. Fue ignorada durante años. Hasta que un día, Mujica, recluido en las dependencias del Ejército en Santa Clara de Olimar, sintió un movimiento inusual en el patio de armas. Se encaramó hasta el enrejado por el que entraba la única luz del calabozo subterráneo que habitaba y acertó a ver que los mandos habían organizado un cóctel. Civiles con aspecto de pudientes pululaban aquel día por un recinto habitualmente restringido a soldados y oficiales. El preso vio su oportunidad y comenzó a vociferar: «¡¡Me estoy meando!! ¡¡Me tienen encerrado como un animal y no me dejan ni mear!! ¡¡A ustedes, señoras y señores, ¿les gustaría mearse encima?!!» Las voces desesperadas escandalizaron a las visitas y, por fin, empujaron a los captores a atender las demandas de su prisionero. Aquel día de 1976, Mujica se ganó su orinal. Cuando ocho años después, salió de la cárcel, lo llevaba bajo el brazo. En su interior había hecho crecer unas flores.

Fuente [Abc.es]

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