La obsesión por las fantasías sexuales

Yo no sé por qué últimamente me ha tocado tanto conocer gente obsesionada con sus fantasías. A cualquier parte donde voy me los encuentro. Siempre hablando de lo mismo: que quieren hacerlo con dos mujeres, que quieren hacerlo en un convertible rojo con música de no sé quién, que quieren hacerlo en un ascensor con un par de siamesas. O que quieren hacerlo en un tren y hasta en un vagón de Metro… Pero más allá de su imaginería (que básicamente siempre se reduce a los clásicos lugares comunes), la cosa es que mientras más los escucho, más me convenzo de una única verdad: de que son mucho ruido y pocas nueces, ya que a la hora de decidir, todos, casi unilateralmente, siempre terminan optando por lo mismo: por el antiguo y nunca bien ponderado método del uno contra uno.

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Y es que al parecer, para la mayoría las fantasías sexuales son sólo eso, fantasías. Voladeros de luces que sólo sirven para distraer a unos pocos. A unos pocos que sobreviven creyendo en las pepitas de oro al final del arco iris. Y, por supuesto, quien más cree en eso es mi amiga Sarita. Ella, que el otro día no más se las dio de Mata Hari y quiso cumplirle un deseo nada más ni nada menos que a su marido el Oso Hormiguero. Él, que en su permanente estado maloliente y peculiar, lo único que quería era que la Sarita lo hiciera con él con los labios pintados de rojo, en el baño freak y asqueroso de una fuente de soda de Apoquindo. La misma, por cierto, donde le sirven jarras completas de cerveza y lo dejan poner por horas sus discos de metal. Un antro francamente repugnante. Pero que la Sarita frecuentó igual, sólo para satisfacer los más bajos instintos del Oso.

Pero, como era predecible, en vez de satisfacerlos experimentó una historia verdaderamente aterradora. Una historia que, según cuenta, no habría comenzado más allá de las 20 horas, terminando pasadas las 20.20. Y es que al parecer a esa hora, entre el olor a transpiración y la cerveza, el Oso Hormiguero habría dado el puntapié inicial de la partida. Y luego comenzó todo. Caminaron juntos hasta el baño (de la mano, como dos tortolitos en un florido jardín), y ya instalados allí se tropezaron con una situación francamente bochornosa; cuando estaban a punto de proceder se iniciaron los sonidos. Sonidos bajos, placenteros y un tanto sórdidos (la verdad es que en ese antro todo era sórdido), de una pareja que parecía estar hasta endeudada con sus fantasías. Se escuchaba clarito el vaivén de saltos sobre el water, y varios alaridos.

Alaridos tan fuertes y salvajes que terminaron por arruinarle sus pocas ganas a la Sarita. En dos segundos su libido no sólo había caído hasta el suelo, sino además, para rematarla, con los alaridos se había alarmado a la vieja. La madame del baño, que pilló en plena previa al Oso Hormiguero. Entiéndase paños menores, cara de califa y brazos abiertos. Un espectáculo que, a pesar de lo dantesco, sólo produjo el pragmatismo en la madame. No gritó, no hizo nada; sólo se encogió de hombros, le pasó una multa y decidió olvidarlo. Una multa de $10.000 por su silencio. Lejos la situación más degradante del planeta. Y todo por nada. Sólo por cumplir una inofensiva fantasía que bien podría haber terminado en la cama.

Pero más allá de las desventuras de la Sarita, las fantasías sexuales sí son realizables. La ciencia está en tomárselas con cuidado, en no obsesionarse como el insensato del Oso Hormiguero, y en verlas sólo como un regalo. Y créanme que yo, mi regalo, desde hace mucho tiempo que lo veo. Lo veo borroso. Lo sueño, y sólo puedo decir que en él hay mucha agua. Agua y un hombre desconocido que no para de mirarme, y que con sus manos grandes me desviste completamente en la tina. Pero no lo hace de forma brusca, sino como si yo fuese una niña. Y allí, cuando está recién tocándome y la luz del sol recién comienza a reflejarse pálida en el agua espumosa, justo ahí, por un demonio, termina mi sueño. En la forma más abrupta del mundo…Y yo termino con mis ganas, despierta, con los ojos fijos mirando hacia el techo, lamentándome, por el incumplimiento de una más de mis fantasías. Esa es su verdadera esencia. Siempre valen más por la expectación que por la real realización.

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