“La tarascada del poder”, por @angelarellano

Angel ArellanoEn los previos a las elecciones presidenciales de 1998, Oscar Yanes sentó en la silla caliente a un personaje que no era candidato pero que se consideraba sumamente calificado para opinar sobre la realidad nacional.

Varios militares de disputaban el ingreso a Miraflores pero sólo uno tenía posibilidades ciertas de mejorar en las encuestas y ganar en un hecho que rompería con los 40 años del puntofijismo.

Fue una entrevista larga, que pormenorizó cada detalle de la vida del país. Marcos Pérez Jiménez, el hombre que según Yanes “partió la historia venezolana del siglo XX en dos”, se presentaba en pantalla desde La Moraleja, su residencia en Madrid, a 35 años de su auto exilio.

En sus aclaratorias y comentarios sobre Venezuela, Pérez Jimenez a los 84 años, resaltó y reiteró su preocupación sobre la decadencia de la democracia por la partidocracia y la corrupción.

A su parecer, el sectarismo de los partidos y la burocratización de sus estructuras, habían hecho un daño impresionante a la vida institucional del Estado, sirviendo para mantener a las militancias de las organizaciones políticas y no para nutrirlas con mayor cantidad de profesionales nacionales. Manifestó que los partidos en el momento en él que ejerció la presidencia (1953 – 1958), significaban una “rémora” para el sector público.

Sobre la corrupción, otro factor que angustiaba al último dictador venezolano, dijo que el flagelo de la “picada”, esa mordida que le daba el político-funcionario público al dinero de la nación a través de comisiones en los servicios gratuitos que el Estado presta a los ciudadanos, asignaciones de obras y administración de servicios a amigos del partido, y pedimentos de coimas, tajados o peajes a quienes quisiesen beneficiarse de alguna manera del gobierno en sus diferentes niveles: el “tírame algo” y el “póngame donde haiga”.

Pérez Jiménez, trascendió que la “picada” había evolucionado en los ochos lustros de la democracia, en una “tarascada”. Se permitió acuñar ese término como muchos otros, para denominar la gigantesca y violenta mordida a los recursos públicos que habían a su criterio, empobrecido a la República.

Posterior a esa entrevista, llegó el suceso electoral. 1998 se convirtió en un año de estruendosas noticias, había aterrizado en el poder por los votos, el comandante Hugo Chávez, planteando una reforma del Estado y, entre otras cosas, una implacable lucha contra la corrupción de la cuarta república.

14 años después, Chávez fallece lamentablemente, y para tristeza de Venezuela, su tesoro y la sociedad en general, el bochorno de la corrupción no se redujo en un centímetro. Más bien se agravó, a tal punto que nos hemos convertido en el país más corrupto de Latinoamérica, posición que por supuesto no envidia nadie, más bien nos acorrala en críticas y opiniones mal sanas que no engloban el sentir nacional, sino el de una minoría que se está enriqueciendo a costillas de nuestras riquezas minerales y fiscales. Las primeras provienen del subsuelo patrio, y las segundas de nuestros bolsillos.

También, no se puede quedar por fuera la advertencia hecha de Pérez Jiménez con respecto a la partidocracia. 55 años luego de su salida de Miraflores, vivimos la burocratización política más grande de nuestra historia republicana. AD y Copei se quedaron en pañales con el PSUV, un partido “de izquierda” que no sólo metió a su gente en todos los cargos habidos y por haber, sino que gozan de la publicidad estatal, Pdvsa, institutos públicos, y pare usted de contar en cuanto a carteras repletas de petrodólares para financiar sus actividades proselitistas.

Así está Venezuela, sumida en las desgracias que relató el dictador que partió el siglo XX en dos, antes de ingresar al poder un colega militar. Es tiempo de Unidad, de superar a los partidos y de que la ciudadanía confluya en una opción que colabore en la depuración de las devastadoras hemorragias que sufre la administración nacional.

Tiempos de cambio y no de lamentos, tiempos de votar y vencer en democracia. Paz y libertad.

Por: Ángel Arellano

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