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Las parejas que no se destruyen, salen fortalecidas de las crisis

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Una frase popular dice que lo que no mata hace más fuerte y en psicología existe un término, resiliencia, que es la entereza más allá de la resistencia. Es la capacidad de sobreponerse a un estímulo adverso. Y esto es, por ejemplo, indiscutible en el caso concreto de las parejas y sus crisis. El sentido chino de la palabra ‘crisis’ es doble. Por un lado, significa peligro. Por otro, oportunidad. Pese al temor que nos crean los momentos de convulsión, alejamiento, discusión con la persona que amamos, esos momentos, bien entendidos y aprovechados,  nos brindan la oportunidad de reafirmar nuestra intimidad y reformular los acuerdos de nuestra convivencia.

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Aldous Huxley decía: "La experiencia no es lo que le pasa a un hombre. Es lo que un hombre hace con lo que le pasa". Lo importante de las crisis es lo que nosotros hagamos de ella. Por ello, en primer lugar tenemos que aceptar que las tensiones y los conflictos forman parte de la vida en común. Casi todas las parejas tienen uno o más temas conflictivos importantes, y que son recurrentes: el proceso de adaptación al otro donde se tienen que equilibrar las expectativas que se tenían con la realidad de la convivencia, la relación con las respectivas familias de origen, la educación de los hijos, la distribución de las tareas domésticas, el uso del espacio y el tiempo, el manejo de la economía, la sexualidad.

Es distinto el amor del enamoramiento. Claro que al principio el otro es mágico, y todo lo que hace es perfecto. Pero después, aquello que era ideal pasa a molestar, incluso a transformarse en detestable. Las parejas dicen que el pacto inicial se rompió, que el otro ya no es el mismo, que cambió, y que quieren que sea el de antes. Imposible. Hay que pactar de nuevo, renovar los acuerdos. Y sobre todo, compartir las diferencias. No borrarlas: aprender a convivir con ellas.

En las terapias de parejas que me consultan, en general, su vida sexual es, muchas veces, una especie de “termómetro de la relación”, aunque resulta obvio que la sexualidad cambia en la medida que la pareja evoluciona, y no por ello tiene que ser aburrida. Y me refiero a una sexualidad en el sentido más amplio del término, que excede lo estrictamente genital. A veces escuchar o entender se transmite mejor con una caricia, que con las palabras.

Mónica tiene 36 años y es licenciada en artes visuales. Carlos, 45 y es empresario. Me consultaron porque sentían que "la relación se caía a pedazos: ya no nos hablábamos", y llevaban dos años sin tener relaciones sexuales. Tenían una nena de 4 años y él, además, otros cuatro hijos de tres matrimonios previos. La incomunicación era casi total. En la primera consulta, sólo escuché críticas cruzadas. La sesión fue un verdadero campo de batalla. Ambos tenían una larga lista de recriminaciones para hacerle al otro. Fue entonces cuando les pedí que hicieran memoria y recordaran qué cosas los había atraído del otro en el momento de conocerse. Les di un ejercicio para hablar sin herirse: todos los días cada uno debía hablarle al otro durante tres minutos seguidos, sin interrumpirse. Eligieron que fuera a la mañana, antes de que la nena se despertara. Así pudieron empezar a dialogar y a construir un espacio de intimidad. Trabajamos con los aspectos positivos que los habían unido y se terminaron las recriminaciones. Cada uno pudo hacerse cargo de sus propias dificultades. La terapia duró dos meses. Fueron diez sesiones.

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Comunicarse de forma clara y honesta, expresando abiertamente lo que se desea y necesita, sin esperar que sea el otro quien lo adivine, es una de las claves de la vida en pareja y muchos inconvenientes pueden ser resueltos. Para esto es imprescindible que ambas partes se escuchen y sean lo suficientemente flexibles como para aceptar el punto de vista del otro, que no tiene por qué coincidir con el propio, porque no hay una sola manera de ver la realidad. Es de igual importancia no quedar atrapados en mitos tales como ‘si realmente me ama tendría que adivinar lo que quiero y necesito’ o ‘debería darse cuenta, no tendría que decírselo yo’. Amar a alguien no nos otorga poderes adivinatorios.

Es también equivocado pensar que la convivencia es una felicidad ininterrumpida o que cualquiera de sus integrantes debería renunciar a sus antiguas amistades o hobbies.

La terapia de pareja, puede ser un espacio muy propicio para el re-encuentro de la pareja. Pero no se trata de un espacio milagroso, sino que requiere la colaboración activa y protagónica de la propia pareja. Puede aclarar panoramas y ayudar a que se tomen decisiones o se desaten nudos. Puede ofrecer miradas con perspectivas nuevas para una comprensión más rica de lo que pasa en el vínculo.

Atravesar la crisis, salir de ella, fortalece la relación, sus integrantes tendrán un mayor número de recursos para afrontar futuras dificultades, experimentando un crecimiento personal y emocional que consolidará intensamente el vínculo afectivo. La vivencia de una crisis superada ayuda a disolver rígidas creencias sobre el amor que parecían inamovibles.

fuente: minutouno.com.ar

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