Los republicanos ya asumen que Trump podría ser su candidato presidencial

«¡Vamos a mandarles al infierno!». Es la frase que se escuchó a Donald Trump cuando la exgobernadora Sarah Palin, último fichaje de campaña, despedía su discurso de apoyo al magnate en Ames (Iowa), ovacionada por miles de seguidores. La exclamación no sorprende. Es un grito de guerra más contra el orden establecido de quien se ha propuesto remover los cimientos del Partido Republicano. No porque tenga nada en contra, sino sencillamente porque quiere ganar, que es el único lenguaje que entiende Trump. Y en su estrategia de outsider, ha elegido el discurso más feroz contra la dirección y lo que llama con desprecio «la corrección política». ABC.

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En un proceso tan complejo como las primarias, no hay nada escrito. Pero tampoco hay nadie ya que descarte su victoria, impensable hace unos meses. El establishment republicano ha pasado de la displicencia al temor y del temor la resignación. Por si fuera poco, el otro favorito en las encuestas, el senador de origen hispano Ted Cruz, rivaliza con él en las arremetidas contra las élites del partido. Hasta el punto de que se empiezan a valorar los daños colaterales. La semana pasada, cuando los dirigentes republicanos discutieron la última encuesta interna, las dos preguntas del presidente del Congreso, Paul Ryan, figura emergente, fueron: quién de los dos haría más daño al partido y quién tendría más posibilidades de ganar a Hillary Clinton. Si es que la exsecretaria de Estado, también víctima de la ola antioficialista, logra batir a un emergente Bernie Sanders.

Campaña heterodoxa

En la campaña más heterodoxa que se recuerda, los célebres caucus de Iowa dirimirán el próximo 1 de febrero la primera de las contiendas, que suele marcar tendencia. Aunque a nivel nacional el millonario lleva ventaja, Trump y Cruz están a la par en el estado del Medio Oeste. El político texano rivaliza con un discurso antiestablishment. Hasta flirtearon juntos. En septiembre pasado, cuando empezaba a brotar la semilla populista contra «Washington», término con el que desprecian a toda la clase política, coincidieron en un multitudinario mitin populista. También estaba Sarah Palin. Entonces, ambos se necesitaban para dar rienda suelto a un movimiento de cambio que algunos empiezan a ver tan peligroso como imparable. Ahora, la guerra se ha desatado entre ambos.

Trump busca votos entre los cristianos evangélicos y conservadores, que en Iowa representan aproximadamente la mitad del electorado republicano. De ahí el «fichaje» de Sarah Palin. Pese a su aparente fortaleza y su capacidad para llevar seguidores a los mítines, algunos de los cuales soportan siete horas de espera bajo temperaturas siberianas, la duda de los analistas es si esa exhibición se va a traducir en votos reales. Enfrente, Cruz, de indiscutible raíz política conservadora, intenta hacer ver que el millonario nada tiene que ver con esas esencias. A ello suma el senador la mejor infraestructura de campaña de todos los candidatos en estados conservadores como Iowa.

En sus análisis, la dirección republicana contempla con idéntico pesimismo el presente y el futuro. El presente casi descarta por completo a una de sus principales bazas, Jeb Bush, el exgobernador de Florida, aspirante del «aparato» por excelencia pero que está perdiendo el apoyo hasta de sus donantes. A nivel nacional, ronda el 5% del apoyo de los votantes. En Iowa y Nuevo Hampshire, no pasa ni del 3%. Se había anunciado un próximo apoyo de los miembros de la familia, incluidos sus dos expresidentes, Bush padre, George H. W., y su hermano, George W.. Pero algunos creen que en esta campaña de rebeldes, puede ser hasta contraproducente.

El senador de origen cubano Marco Rubio, también procedente de Florida, parece convertirse en la última baza contra el populismo. Se sitúa en tercera posición, en torno al 12%. Su problema es que hoy no tiene expectativas de victoria en ningún estado, ni siquiera en Florida. Sobre el futuro, división de opiniones sobre quién es la opción menos mala para el partido y quién podría derrotar a Clinton.

Ted Cruz no es del gusto de muchos dirigentes. Su relación personal con la mayoría de líderes es tan inexistente que muchos le consideran un extraño. Pese a ello, se estima que una parte de la dirección le apoyaría. Muchos creen que tendría problemas para ganar a Clinton por ser de una tendencia muy marcadamente conservadora. La opción de Trump, muy temida en el establishment por el terremoto interno que supondría apoyar al enemigo, se presenta sin embargo como más transversal en lo ideológico.

La creencia es que podría pescar en votantes demócratas desencantados. El problema para Trump sería el voto de las minorías, en especial hispanos y afroamericanos, que en su mayoría reniegan de él por sus proclamas que algunos consideran racistas. En ambos casos, el Partido Republicano mira a 2018 con el temor a perder su preciada mayoría en el Congreso.

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