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Cae el mito de la seguridad en la Casa Blanca

En mal momento han ocurrido los últimos fallos de seguridad de la Casa Blanca, que motivaron el miércoles la dimisión de la directora del Servicio Secreto, cuerpo encargado de vigilar la mansión presidencial y de proteger al presidente en sus desplazamientos.

En plena alerta por posibles atentados del Estado Islámico en suelo estadounidenses, la psicosis se ha extendido en Washington. Si un perturbado pudo entrar y atravesar varias dependencias de la Casa Blanca antes de ser detenido, o si un hombre armado pudo estar junto a Barack Obama en el mismo ascensor, durante una visita a Atlanta, ¿qué no podrían hacer los yihadistas?

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Un miembro del Servicio Secreto presta guardia mientras el Marine One despega con el presidente Barack Obama a bordo

El 19 de septiembre, el puertorriqueño Omar González, de 42 años, saltó la valla del jardín delantero de la Casa Blanca y penetró en el edificio por la entrada principal. Alguien se había dejado abierta la puerta y ese no fue el único descuido: fallaron hasta seis anillos de seguridad. Hacía diez minutos que Obama y su familia habían marchado en helicóptero a Camp David.

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El intruso llevaba encima una navaja doblada, aunque no está claro si pensaba usarla, pues este veterano de la guerra de Irak padece trastornos mentales. La Policía le había detenido un mes antes y encontró en su coche un arma semiautomática, un rifle con mirilla, ochocientas balas, dos hachas, un machete y un plano de Washington en el que la Casa Blanca estaba marcada. La facilidad con que le resultó burlar al Servicio Secreto ha hecho saltar las alarmas. ¿Y si la valla la hubieran saltado diez yihadistas bien entrenados?

A comienzos de agosto circuló en Twitter una foto en la que se veía la Casa Blanca al fondo, de noche, y en primer plano la pantalla de un teléfono móvil que mostraba la bandera negra del Estado Islámico. «We are here #America near our #target 🙂 sooooon», decía el mensaje: el EI estaba cerca de su objetivo y podía atacar pronto. Las autoridades estadounidenses no confirmaron si la foto era genuina o estaba trucada.

En el caso del puertorriqueño, domiciliado en Texas, el primer fallo policial fue no haberle hecho ningún seguimiento después de que dos veces previas mostrara su obsesión con penetrar en la Casa Blanca. En agosto fue detenido cerca del perímetro del recinto cuando los agentes del Servicio Secreto vieron que llevaba un hacha colgando de la cintura. En julio había sido detenido en Virginia y la Policía descubrió un arsenal de armas en su coche.

Cuando finalmente saltó la valla, de 2,2 metros de altura, uno de los agentes de paisano del exterior tenía que haberle dado el alto antes de que pasara al otro lado. También falló el siguiente anillo: un guardia apostado en un cabina tenía que haberle parado cuando estaba corriendo por el césped. Tampoco se puso en acción uno de los perros adiestrados para lanzarse como un misil contra los intrusos, ni reaccionó a tiempo un grupo de operaciones especiales que siempre hay en las instalaciones. Cuando en pocos segundos González llegó al atrio, la puerta no estaba custodiada por ningún agente, como suele ser habitual, ni estaba cerrada con llave. Al entrar en el vestíbulo no se activó una alarma, así que el intruso pudo llegar hasta la Sala Este, donde Obama ofrece en ocasiones ruedas de prensa. Allí fue finalmente reducido por un agente que no estaba de servicio.

Peor de lo imaginado

Julia Pierson, la primera mujer en dirigir el Servicio Secreto, tuvo que dimitir tras trascender que González había llegado más lejos de lo previamente reconocido –primero se dijo que solo alcanzó la puerta– y al saberse que tres días antes un hombre, condenado por varios delitos menores y llevando un arma, había compartido ascensor con Obama como guardia de seguridad privado, en un centro médico de Atlanta. Por su inapropiada conducta –se pasó el resto haciendo fotos al presidente– el hombre fue interrogado; entonces se supo que llevaba una pistola.

Pierson fue nombrada en marzo de 2013 para recuperar la imagen de un cuerpo formado por 6.500 empleados y envuelto en controversias, relacionadas con borracheras y noches con prostitutas de algunos agentes en servicio.

Fuente [Abc.es]

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