“Así nos enamoramos”, por @glimargica

Gliceria-GilLa expresión corporal es primordial a la hora de comunicarnos con nuestros semejantes y son muy variados los gestos y mímicas utilizadas para completar u omitir el lenguaje verbal pero que indudablemente son tan contundentes como las palabras.

Tan transcendentales son que recuerden ustedes como el Padre Madariaga con solo mover su dedo índice de lado a lado provocó una reacción tan abrumadora en el pueblo venezolano la cual quedó grabado en nuestra historia patria, “de como la movida de un dedo prácticamente derrocó a un régimen”.

Pero a la hora de enamorarnos existen gestos, muecas, mohines, que definen la relación afectiva y por eso hablamos de “ojos que tumban cocos”, “labios seductores”, “caderas candentes”, “picada de ojo”, “ besos de fuego”.

Corriendo el riesgo de que nos llamen feministas, pensamos que en ese sentido los representantes del sexo masculino han sabido inventar los ardides más espectaculares y las más increíbles maneras de expresar sus ganas o deseos de enamorar a una mujer, por más difícil que se les presente la situación.

En tiempos de la prehistoria suelen contar que cuando los hombres tomaban a las mujeres de su largo pelo y las arrastraban por toda la comarca, era una muestra de amor inmenso.

En épocas coloniales los señores solían “clavar la estaca”, es decir, buscaban un palo de madera duradera, bastante largo y lo clavaban en el suelo a un lado de la casa donde vivía la chica de sus sueños y se iban para regresar en unos meses, contando que ya todo estaría listo para el casorio.

Ente los siglos XIX y XX la tradición era la serenata, una especie de concierto brindado a medianoche, bajo la luz de la luna, al frente de la casa o cerca de la ventana del dormitorio donde el hombre creía que dormía aquella a quien procuraba. El mismo galán enamorado interpretaba las canciones acompañado de una rondalla, para que las cuerdas de guitarras, mandolinas y violines taparan cualquier falta o “ida de gallo”.

Las bellas muchachas casaderas escuchaban hermosas canciones como aquella de Chelique Sarabia “Ansiedad de tenerte en mis brazos…”, o aquella hermosa interpretación de Danny Rivera “Mujer abre tu ventana para que escuches mi voz, te está cantando el que te ama con el permiso de Dios…”, eso era como para “derretir” a cualquiera.

En ocasiones los serenateros se llevaban algunos chascos y se encontraban con padres disgustados, o mujeres celosas, que para espantarlos les lanzaban encima sus excretas líquidas nocturnas, recogidas en los orinales de la época.

Una vez un gentil caballero le cantaba a su adorada “Quiero escaparme con la Vieja Luna…”, famoso bolero interpretado por Tito Rodríguez. Lo que ignoraba el pobre era que la madre de la joven se llamaba Luna y era un poco mayor. Este lo que recibió fue insultos y casi disparos de parte del furioso esposo de la señora.

A medida que la luz eléctrica invadió la escena, o se fueron dando cambios en las urbanizaciones modernas, esta romántica manera de enamorar perdió vigencia. Imagínese Usted hoy en día, a media noche llevarle una serenata a una chica quien vive en el décimo piso de un edificio. O una en el piso treinta de Parque Central en Caracas.

Así nos enamoramos. A tiempos.

Gliceria Gil / @glimargica

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