La cara buena de las cosas malas: Se goza más de la vida si se ha sufrido antes

Las malas experiencias son la clave del bienestar a largo plazo. Aceptar los reveses vitales y reconocerlos es fundamental para saber hacerles frente y superarlos, explica el psicoterapeuta Tori Rodriguez en un estudio publicado en la revista norteamericana Scientific American. Una estrategia que cuestiona los principios de la psicología positiva, que tratan de minimizar al máximo las emociones negativas con el único foco del optimismo. Y es que, si se lleva al extremo este positivismo, añade Rodriguez, corremos el peligro de caer en la autocomplacencia y pasar por alto las señales que nos alerta sobre un posible problema.

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El psicólogo Jonathan M. Adler afirma en el manual de Autoconocimiento personal (Guilford Press) que “para tener una salud mental equilibrada es tan importante ser conscientes de las experiencias desagradables como de las agradables”. Las personas que tratan de olvidar o pasar por alto sus problemas, sean del tipo que sean, lograrán el efecto contrario. “Se reforzarán mediante el denominado ‘efecto rebote’, y marcarán mucho más nuestra personalidad porque quedarán gravados en el subconsciente”, añade Adler. Según reseña Elconfidencial.com

Se trate de pensamientos, sentimientos o experiencias, debemos ser siempre conscientes de ellos para que, poco a poco, aprendamos a tolerarlos e incluso a evitarlos de cara al futuro. Precisamente, la terapia psicológica suele consistir en sacar a la luz esos conflictos internos que nos quitan el sueño para que, una vez identificados, se elija la ruta más apropiada hacia el bienestar. Sin embargo, la ‘dictadura del optimismo’, lamenta Rodriguez, está provocando que la gente sea cada vez más reacia a reconocer sus emociones negativas.

El sufrimiento como motor de la supervivencia humana

“En los últimos años he notado un aumento considerable de las personas que acuden a mi consultan y se sienten culpables o avergonzadas por la percepción que tienen del sufrimiento. Unos prejuicios derivados del auge cultural del pensamiento positivo llevado al extremo”, apunta el psicoterapeuta. Esta nueva corriente psicológica no cuestiona la conveniencia de cultivar las emociones positivas, pero sí alerta sobre la creciente tendencia a intentar eliminar sistemáticamente los pensamientos negativos.

Diversos experimentos científicos realizados en los últimos años desde diferentes ópticas refuerzan estas tesis. El propio Adler llevó a cabo un estudio con sus compañeros del departamento de psicología de la Universidad de Nueva York en el que se concluyó que las personas que relataban diariamente sus malas experiencias durante un proceso de desintoxicación etílica eran las que más posibilidades tenían de superarlo. Por el contrario, a los que se les permitió esconder sus emociones negativas tuvieron unas tasas de éxito menores y alcanzaron unas cuotas de bienestar a medio plazo mucho más bajas.

Estudios similares al de la Universidad de Nueva York se han realizado con pacientes que sufrían problemas de estrés o de insomnio. Los resultados obtenidos fueron los mismos: la única forma para ser felices es reconocer el sufrimiento. El psicólogo David Kavanagh de la Universidad de Queensland ha ido todavía más lejos, al concluir que la ausencia de sufrimiento puede tener consecuencias negativas en nuestra salud física. Desde el punto de vista de las teorías evolutivas, “las emociones negativas son claves para la supervivencia del ser humano porque nos ofrecen pistas sobre posibles riesgos o problemas de salud a los que deberíamos prestar atención, por lo que intentar suprimir estas emociones es muy peligroso”.

El pico del bienestar llega en la senectud

Como señala una investigación realizada por el profesor de Economía de la Universidad de Warwick Andrew Oswald, la felicidad tiene forma de U. Empezamos a sentirnos más infelices después de los 20 años, pero recuperamos el bienestar poco a poco hasta los setenta años. Esto es porque a medida que nos hacemos mayores calibramos mejor las experiencias, aprendiendo de las negativas, para minimizarlas o tratarlas si es necesario, así como de las positivas para potenciarlas.

Es alrededor de los cincuenta años cuando comenzamos a escalar por la pared de esa U que nos lleva al bienestar. Eso sí, siempre y cuando la obsesión por el pensamiento positivo no desequilibre nuestra mente. Es a esta edad en la que hemos ajustado nuestras expectativas respecto a lo que la vida nos puede ofrecer y cuando sabemos lo que podemos alcanzar y lo que no.

Las grandes frustraciones desaparecen y valoramos más lo que hemos conseguido que lo que nunca podremos conseguir. “Durante la vejez ya nos hemos adaptado al mundo que nos rodea y ajustado nuestras expectativas, tanto en relación a lo que hicimos, como a lo que no”, señalaba Oswald. “Podemos disfrutar de lo ya vivido, y echar la vista atrás para darnos cuenta de las cosas que merecieron la pena”. Así pues, parece ser que la experiencia es un grado, siempre y cuando se tengan en cuenta tanto las negativas como las positivas.

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