"Sobre la constituyente" Por Eduardo Colmenares Finol - LeaNoticias.com

“Sobre la constituyente” Por Eduardo Colmenares Finol

EDUARDO COLMENARES FINOLSi notamos la realidad actual, donde el populismo militarista castrista ha creado la crisis más profunda en la historia política de la Venezuela moderna, nos preguntamos ¿Cuáles han sido las causas que generaron tanta descomposición en un país democrático que lo tiene todo?

A pesar de haber logrado su independencia en 1811, Venezuela nunca llegó a ser realmente un país “constituido”. El hecho de haberse redactado hasta 26 constituciones así lo confirman. Nos liberamos del yugo de la monarquía española pero los venezolanos nunca llegamos a ser “libres”  en términos políticos.

En lugar del rey de España,  se instauraban  caudillos con mentes militaristas, cuya única diferencia con esas monarquías  era que el poder no era hereditario sino conquistado en revueltas o montoneras y en algunos casos, en intrigas palaciegas y últimamente, escogidos mediante elecciones democráticas.

Las relaciones, sociedad civil-estado, han permanecido históricamente distorsionadas, con una sociedad civil anulada y políticamente ignorada frente a un estado omnipotente centralizado, precedido por un caudillo-dictador, con nombre de presidente.

Para colmo, en nuestro país surge el petróleo para acentuar el estado rentista que deforma en extremo esa relación, muy eficiente en instaurar  grandes masas de pobres excluidos del desarrollo y  pocos afortunados que logran algún progreso. La gran pregunta es: ¿Queremos seguir eligiendo caudillos que empobrezcan a la gente y al pais, o instituciones eficientes que permita rescatar  esa masa de pobres y conceda bienestar por igual para todos?

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En nuestro país la improvisación y el subdesarrollo en términos políticos han sido totales. Solo Rómulo Betancourt y sus acompañantes de la generación del 28, logran un hito importante a partir de 1946, al introducir la democracia pluralista con el voto universal y secreto. Mientras en el mundo,  durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX, el debate político se planteaba en términos ideológicos, a partir de la caída del muro de Berlín (fines de 1989), se da por concluido ese debate dando fin a esa etapa ideológica. Hoy, en todos los países desarrollados, revolucionados por los adelantos cibernéticos, se han instaurado estados federados modernos.

En Venezuela, continuamos anclados en el debate ideológico del siglo XIX y empeñados en establecer un estado todopoderoso precedido por un caudillo. Para muestra  basta ver el país actual donde  una centralización exacerbada atropella a la población y  prostituye a las masas, siguiendo el modelo de partidos políticos de masas que  brindan membresía  como requisito para acceder electoralmente a las prerrogativas del poder.

No nos es extraño ver entonces cómo, para resolver cualquier problema, los venezolanos acuden al compañero Presidente directamente. O la estructura obsoleta y deformada de un sistema de provincias y municipalidades, como es  el caso del Estado Vargas, donde coexiste un estado con un solo municipio, o el Municipio Libertador (DF) con 2 millones de personas. Tenemos municipalidades con un promedio de cerca de 90.000 habitantes por municipio, cuando el promedio en otros países es de 30.000 y cuyos recursos financieros le son otorgados al antojo del poder central.

Ya basta de improvisaciones, ha llegado la hora de “constituirnos” como una sociedad moderna, dentro de una nación donde todos nos veamos bien atendidos en nuestras necesidades básicas dentro de un estado descentralizado precedido  por autoridades  locales electas. Desde el Táchira un grupo de ciudadanos, unidos bajo el nombre de Movimiento Independiente Democrático (MID) han venido trabajando, desde hace años, en los planteamientos básicos para formar una Asamblea Nacional Constituyente convocada por iniciativa popular donde se logre unificar esfuerzos hacia un país reformulado y reconciliado.

La constitución no es un marco de referencia escrita por expertos constitucionalistas para servir ideologías determinadas o para justificar el poder en manos de unos pocos, sino es la expresión de la visión que desea la sociedad civil sobre el futuro de  Venezuela. En consecuencia tiene que ser integrada por una representación proporcional de todos los venezolanos, respetando intereses de minorías y con las opiniones de grupos sociales de emprendimiento en las distintas actividades que hacen vida en el país. Debe ser el producto del consenso de la sociedad civil, como poder constituido, expresado en consultas o encuestas de opinión, donde se formulen los lineamientos del marco referencial de las políticas que serían debatidas y votadas por la asamblea.

Las bases comiciales para llamar a elecciones de asambleístas deben establecer claramente su propósito, en consideración a la trascendencia generacional que toda constitución debe poseer. En otras palabras, la sociedad civil de hoy  acuerda que la democracia, basada en principios de justicia y equidad, solo puede someter al criterio de los electores  aquellas cuestiones que  afecta a los que hacen vida en esta generación y no puede  decidir, como poder constituyente, sobre principios y materias esenciales, no negociables en el futuro.

Estos principios, esencia de la democracia representativa, participativa, plural y liberal son, en mi criterio: la soberanía absoluta de los ciudadanos sobre el estado, donde la sociedad civil sea reconocida como una institución económica y política de emprendimiento. La democracia como concepto fundamental. La libertad  de expresión y de culto. El pluralismo ideológico. La separación de los tres poderes básicos, Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La declaración de los derechos humanos de la ONU. La alternabilidad en cargos de elección popular dentro del Ejecutivo, por respeto a los líderes emergentes de las nuevas generaciones. La descentralización de los poderes Ejecutivo y Judicial en al menos dos niveles adicionales (estatal y municipal), con autonomía y autarcía impositiva y financiera. La  elección proporcional de  los poderes de representación ciudadana y el respeto a las minorías, a la oposición y a la disidencia política.

Con autoridades electorales  a nivel municipal, escogidas con la intervención de la sociedad civil. Con partidos políticos  conformados con membrecía de convencidos y no de convidados al festín del estado rentista.

El momento propicio para convocar a la asamblea está por llegar. Hoy nos encontramos en un país  sumido en una  grave crisis política de valores, dentro de una sociedad dividida, con una economía sumergida en el descalabro a pesar de las inmensas riquezas energéticas y con los precios del petróleo a niveles históricos. Es el fracaso del estado rentista centralizado y del modelo marxista. Las masas populares que antes respaldaban  promesas de superación,  poco a poco, se sienten más defraudadas y engañadas.

Nuestra prioridad debe ser formular un nuevo contrato social donde nosotros los ciudadanos, determinamos NO PERMITIR el surgimiento de nuevos caudillos, descentralizando el poder político de Caracas y definiendo las actividades y el rol del estado y de los partidos políticos vs la sociedad civil para que seamos nosotros, los verdaderos protagonistas como custodios del poder moral. Por lo tanto la idea de una constituyente no es descabellada, sino todo lo contrario, es imprescindible.

Es hora de dar el primer paso para iniciar el largo y difícil proceso para  erradicar definitivamente al caudillismo, mediante la constitución de una nueva Venezuela, donde se debata sobre el sistema presidencialista u otro sistema alterno de poder. Donde se defina la representación ciudadana en forma uninominal en congresos o asambleas  y se estructuren regiones y municipios autónomos con claras reglas de jurisdicción.

Donde se discuta la necesidad de tener unas Fuerzas Armadas y su rol y se cuestione la posesión de los recursos naturales por el estado y no por la nación. Donde  los venezolanos, reconciliados, podamos crear la constitución de nosotros los ciudadanos y no la de Chávez, o la del próximo caudillo de turno.

Por Eduardo Colmenares Finol

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